miércoles, 31 de diciembre de 2008

2009 cosas de las que quisieras despedirte


Antes de que Ramón García se ponga su legendaria capota, antes de quitar los huesecitos de las uvas (hay algunos que prefieren alfajores) y antes incluso de ponernos guapos y perfumados para dar la bienvenida al nuevo año, casi todo el mundo aprovecha para felicitar a su familia y amigos por sms. Imaginaos el caos, no sólo telefónico sino también saludable, que se generaría. Las uvas, todas ellas apelotonadas, aún no pasan de la garganta, y ya se está pensando en escribir o hablar por teléfono con otra persona que en ese momento tiene el mismo instinto de supervivencia que tú. Es decir, ¿está demostrado científicamente que somos la especie más inteligente del planeta? Yo creo que eso de dar besos con todas las babas en la cara no es muy inteligente… Quizás todo sea por no tragarnos (lo que son las cosas), los programas musicales que vienen después de las campanadas. Y si no, ¿por qué creéis que dichos espacios no son en directo? Pues porque no hay Dios que se los trague, ni siquiera el presentador que dice que viene corriendo desde la Puerta del Sol… ¡Ja! ¡Estabas en tu camerino, guapo! Y hoy, claro, estará comiendo las uvas, como casi todo el mundo. Menos Ramón García, claro, que desde hace más de una década no le dejan comerlas al pobre. De hecho, tiene que ser tremendamente difícil comer y hablar al mismo tiempo. Las caras de las espectaculares chicas que siempre le acompañan en días como hoy, estarían llenas de perdigones si a Ramón le diera por cumplir la tradición. Por eso, los del equipo del programa se las esconden, aunque él, con su cara de bonachón, está más por los melones de su compañera que de las uvas.

Pero a todo esto, es cierto que el año acaba, y muy pronto será que el año acaba de empezar. Por ello, y siguiendo una tradición personal desde hace ya una década, no os voy a pedir que empecéis el año con falta de oxígeno y una tos escandalosa, sino quiero ir hasta el infinito y más allá, y darte mi felicitación de la única manera que me es posible hacerlo, posteándola.

Se trata de una costumbre, como digo, habitual en años anteriores y que comparto vía móvil con mis amig@s, poniéndome como único requisito su originalidad y fuera de tópicos. Espero que la de este año, siga en esta línea y de veras os agrade.

Hasta el día que consiga que hagan una figurita de mi persona y la incluyan en el Belén junto a personajes célebres como el pastor de ovejas, el buey, el “caganer” o la mula, seguiré mandando esos mensajes cortos de texto a mis seres queridos. Y desde hoy, también en Irlhadia.

Hoy es 31 de diciembre del 2008, y te quiero decir que:

Para el 2009, sé solvente,
no hipoteques tu alegría bajo ningún concepto.

Mantén el interés alto en tus acciones,
amortiza tus errores, y descuenta las cosas
que han podido hacerte daño.

Invierte en ti, y verás que tu vida
se revalorizará a corto plazo.

¡Te deseo un rentable y feliz 2009!

sábado, 27 de diciembre de 2008

A este paso, pasamos de la dieta y salimos del paso con otro polvorón

En Navidad pasa lo que pasa siempre. Comemos en exceso, y claro... Pasa lo que pasa...

miércoles, 24 de diciembre de 2008

SobreInstinto Navideño



No sé qué es más divertido, si la Navidad, con todos los adornos urbanos vaticinándola un año más; o preguntarme por todo aquello que fue necesario para conseguirla...

Y es que dudo mucho que, al margen de cuestiones religiosas, Papá Noel tuviera que hacer oposiciones para tener un trabajo fijo de por vida, y sólo trabajando un día al año ¿No es raro?... Aquí hay tongo. Lo mismo que su residencia esté fijada en el Polo Norte, ¿por qué? Muy sencillo. Evasión de impuestos, claramente. O si no, ¿quién en su sano juicio iba a mantener la seguridad social de tantos elfos trabajando sólo un día?

Pero eso no es todo... ¿Y los juguetes, de dónde vienen? La creencia popular es que son los elfos quien los construye, pero aunque esto era cierto, a partir de la década de los 80, la Unión Europea le exigía un certificado de calidad en sus juguetes que, obviamente, no tenía. Así que, intentando poner un remedio eficaz y barato, negoció con las jugueterías chinas, las cuales no le exigían nada. De hecho, Papá Noel despidió a todos sus elfos y contrató a estos chinos, puesto que hacían más horas y su sueldo, era bajo. Total, como no se distinguían mucho de los primeros, por tener los ojos rasgados, pues nadie iba a notar la diferencia.

Lo de Rudolf es más complicado. Que un reno hable, vuele, y soporte tres toneladas de peso mientras lo hace durante unas doce horas, es anti natural. Es que me lo imagino tomando el té con Los 3 Fantásticos, mientras levita. Y claro, es amigo del Stallone, de Schwarzenegger ese (que conste que lo he tenido que buscar en internet) y de algunos cuantos más musculitos, por eso siempre tienen los mejores regalos. Que el Arnold le dice "Oye, yo quiero ser gobernador de California", pues nada, ¡concedido! Que el Stallone le dice "Oye, quiero hacerme otra operación estética en la cara y que me quede como el culo", pues nada, ¡concedido! Ay, este Rudolf... Seguro habrá algunos que querrán diseccionarlo. Y claro, ya que estamos en Navidad, papeárselo en la cena.

No obstante, yo siempre he sido más de Reyes. Los camellos no hablan ni vuelan. Aunque eso de ponerles un vasito de leche y unas galletitas para que beban y coman lo pasaremos por alto esta vez... Está bien. Estamos en horario infantil. Seamos como ellos y sonriamos, que siempre viene bien.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Testimonios directos de la crisis

Perfil del empresario:

Nombre: Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás...
Dedicación profesional: repartir regalos por todo el mundo
Situación Civil: Casado
Testimonio: "Jo, jo, jo, recortando gastos, despidiendo a elfos y renos e importando juguetes desde china. Así gano más popularidad y dinero que esos 3 reyes de pacotilla... Jo, jo, jo"

Perfil del empleado:

Nombre: Rudolf
Dedicación profesional: En paro
Situación civil: no forma parte de la civilización
Testimonio: "Desde que el gordo me echó a la nieve sin indemnización alguna, empleo el tiempo libre poniéndole los cuernos con su esposa."

sábado, 13 de diciembre de 2008

Productos televisivos (I):
Gane 3000€ demostrando que usted no es tonto aunque lo parezca

Cuando iba a primaria, contaba con un profesor que sabía ver las realidades desde otro punto de vista. Un día, nos hizo un comentario insólito. Aún lo recuerdo claramente. En aquélla época, había un interés general sobre la existencia de los ovnis, los objetos voladores no identificados. Quizás fuera por la fama que adquirió entonces el entrañable ET, el extraterrestre, quizás por las incontables imágenes falsas que se publicaban en las portadas de los periódicos. Lo cierto es que aunque no existiera aún ninguna versión comercial de Photoshop, había cantidad de montajes fotográficos, y un montón de frikis y hippies (es asombroso lo bien que coordinan estos dos conceptos), organizaban asentamientos de bienvenida para recibirlos con las brazos abiertos… Con los brazos abiertos y con unas buenas dosis de cannabis y otras substancias para el cuerpo, vaya.

Pues bien, este hombre, con su aplomo, entró en el aula leyendo su habitual diario, dándonos los buenos días tras unas enormes páginas de papel, que impedían verle la cara. Sólo podíamos oír, al menos yo, un ronroneo agitador tras ellas. Estaba rechistando para sí mismo, como no dando crédito a lo que acabara de leer. Al toparse con su mesa, dejó caer su coqueto maletín negro, e instantes después, se dirigió solemnemente a sus alumnos, con el periódico enrollado y utilizándolo de batuta:

-Hijos míos, si alguna vez vinieran los marcianos y se cargaran la humanidad en un sólo segundo, no os podéis imaginar la cantidad de idioteces que podrían encontrarse en ese momento por la televisión. ¿Esa será la única imagen que daremos, el único legado de la humanidad? “Bueno, bonito y barato. Y si encuentra algo mejor, le devolvemos su dinero.”

Aún hoy, creo que estamos tentando la suerte. Sólo en este medio de información, se puede encontrar verdaderas joyas de este legado humano, como por ejemplo, los concursos. Muchos sábados o domingos, o alguna vez de madrugada, me acuerdo de aquel ingenioso profesor de matemáticas, cuando topo con formatos de tipo “gane 3000€ demostrando que usted no es tonto aunque lo parezca”.

Para saber diferenciar estos concursos del resto observemos sus principales características:

1- El formato en pantalla suele estar dividido en tres zonas.

1.1- La primera, y principal, situada a la derecha, está la presentadora, que debe olvidársele a menudo la ropa de ir por calle y se pone la de ir a la playa.

1.2- La segunda, y a la vez razón de existencia, es un panel. Éste consta de una imagen, un crucigrama, una sopa de letras, o un jeroglífico, la mar de sencillos. No apto para los que saquen o sacaran buenas notas en el colegio.

1.3- La tercera zona se refiere al teléfono al que debemos llamar para solucionar el panel. Y bajo éste, en ocasiones con efecto marquesina Fórmula 1 recorriendo el largo de la pantalla y con este tipo de letra, perdón, con este tipo de letra, se encuentra lo que yo llamo el susto: las tarifas telefónicas.

2- La presentadora reitera una y otra vez la mecánica del juego, intercalando datos de su infancia con pistas evidentes sobre la resolución del panel para que la gente –en principio, inteligentemente del montón- se anime a realizar una llamada de por lo menos 4000€, para que les pasen directamente en antena y sueñen en convertirse de repente en una especie de héroes, por haberlo resuelto antes que nadie.

3- Por lo general, la música de fondo recuerda a una película en la que alguien huye despavorido de unos zombis muy feos, a los que les falta toda clase de miembros, menos las piernas, para poder perseguirle. Esto es habitual. Así consiguen que nos involucremos en una tensión constante en la duración de dicho programa, genial para noches en desvelo, con el vaso de leche caliente aún intacto encima de la mesilla, sin atrevernos a cogerlo por si acaso debajo de él sale la cara de uno y nos mata del susto (insisto: son muy feos). Eso, o coger la fregona, lo que implica ir hacia ella; cruzar el salón, atreverse a ir por el pasillo… todo a oscuras…, hasta llegar al cuarto de las cosas que hace tiempo no te paraste a ordenar… Y de pronto…

4- Los sobresaltos inexcusables que se producen para informar la duración restante de la transmisión. Una regla fundamental es que siempre habrá prórrogas. Y no importa cuántas se hagan, ni las innumerables ocasiones en las que seremos advertidos: la regla fundamental es que nunca es tarde para ser timado. Lo extraño e incoherente aquí sobre la medida del tiempo es que cuando expira, salta un dispositivo que ni el cuerpo de bomberos en máxima alerta. Una parafernalia de sirenas y luces rojas rotantes se hacen con todo el plató, provocando una situación de apocalipsis que ríete tú de las predicciones del gran Nostradamus. El nerviosismo de la presentadora, entonces, comienza a centrarse desesperadamente en la atención de algún espectador. Por otra parte, las personas que, teléfono en mano, sigan en espera, comenzarán a escuchar por décima vez consecutiva el hilo musical, y de tanto en tanto, la grabación de un hombre asegurándoles “En breve le pasaremos en directo, por favor, espere…” Todo esto mientras se ve volando por toda la pantalla, intermitentemente, la recompensa del juego, a la que ahora, han sumado ¡1000€ más!

5- Ya para acabar, porque algún día debería de acabar (y no me refiero a mi escrito), hago constancia de varios milagros. Uno de ellos es que, ya por la quinta prórroga, cuando las sirenas empiezan a sacar humo y tan sólo restan cinco segundos, deciden pasar a alguien en antena, en el supuesto caso que exista ese alguien, claro. Y cómo no, la respuesta es evidente. Acierta y se lleva el premio. Las luces rojas se reemplazan por confetis, globos y matasuegras. De la sensación de una película de zombis pasamos a una escena muy usada por los americanos: la graduación universitaria, el momento en el que todos son muy felices y lanzan al aire el birrete. Aunque el auténtico milagro, sin dudarlo, está en haber sobrevivido a la emisión. Da igual que pongan seguidamente los créditos. Se acabó, y tú sigues vivo... Un poco desquiciado, todo hay que decirlo, pero vivo al fin y al cabo.

Así que ya sabéis. En el caso de haber localizado, en cualquier cadena, un programa como el descrito aquí y haber llamado por error al número de contacto que proporcionan tan hermosamente sin haber leído atentamente el segundo punto de este capítulo, sólo falta que permanezcas a la espera un breve período de siglos…

Próximamente, en el Capítulo II…
Productos televisivos: las campañas publicitarias
¡No se lo pierdan!

domingo, 7 de diciembre de 2008

El infiltrado (y II)


Un embarazo es algo maravilloso. Por eso no se han visto más cigüeñas de esas que traen bebés a domicilio por casa, por culpa de las “maravillosas” propinas que recibió la última después de haberse dado el gran tute viajando sin descanso desde EuroDisney hasta acabar preñando a mi madre. Y para mi padre, claro, la excusa perfecta para decir algo que hacía tiempo ansiaba decir sin temor a futuras represalias:

-Ay, qué gorda estás, cariño… Te pareces al Jorobado de Notre Dame, sólo que la joroba la tienes delante…

Qué cosas. Ella seguiría siendo la niña de sus ojos, por supuesto, la mujer hermosa de la que se enamoró cuando tropezó con ella en el baile de fin de curso…y en el bus, y en la feria, hasta tropezar juntos en la misma cama. Sólo que desde que ella empezara a cambiar hormonalmente, el concepto de hermosa adquiría un significado peculiar y se refería entonces a MUY HERMOSA, que era el fruto del pasar de los años, del chocolate y los polvorones en Navidad. Es decir: no es que pudiera quejarme de ello mientras permanecí en la matriz de mi madre, más bien me beneficié, porque aquello se asemejaba más bien a un campo de fútbol que a otra cosa. Por tal motivo, me entró la risa cuando, una vez nací y adquirí todos los tapujos sociales y enterado ya de la existencia de un tipo llamado Leonardo Dantés, llegué a saber el porqué de algunas personas duermen acurrucados sobre sí mismos, y es porque aún recuerdan, en algún rincón de su subconsciente, el estrecho gueto que ocuparon durante nueve meses. Y yo, que dormía a piernecita suelta... Esto, a mi modo de ver, parece más típico de un anuncio de Ikea que a un embarazo, y no sólo por el hecho de aprovechar al milímetro todos los interiores, sino también, y me refiero a los padres, por el hecho de que aquel tropiezo iba a redecorar para siempre sus vidas.

Aunque lo complicado para mí fue elegir, entre un vasto abanico de genes, mi aspecto físico. Claro, no tenía referencia alguna de lo que se consideraría guapo, ser del montón y feo en el mundo exterior. Sólo de vez en cuando escuchaba desde fuera algún que otro comentario, al venir las amigas de mi madre a verla…

-Ay Dios… ¿Pero segura que el hijo es suyo, chica? No sé qué vio en ti, la verdad…

Lo cual no me aclaraba mucho. De hecho no me aclaraba nada, sólo que esa lagarta no consiguió tropezar con mi padre lo suficiente para conseguir algo de él, ni mucho menos pedirle que tropezara con el hombre o escalón adecuado.

Ante la duda, hice algo muy típico en Navidad. Un sorteo. Así que reuní a todos los genes que fui capaz de encontrar y los distribuí por categorías: color de pelo, ojos, tez, tamaño de las manos, otros tamaños importantes… La idea era perfecta, ya que como yo aún no tenía pelo, pues tenía cierta similitud con el calvo de la ONCE y curiosamente tenía entonces las mismas dimensiones que las muñecas de Famosa… Sólo me faltaba cantar, para rematar la faena, aquello de:

El bebé sin zambomba se dirige al portal,
para hacer llegar a sus padres su cordón umbilical.
Y mientras tanto, en el pesebre,
sonrío porque estoy alegre.

Nacimiento con dolor,
Epidural extinguida:
¡es el mensaje feliz de la cigüeña resentida!

¡Ah y que la suerte os acompañe!

Pero la realidad fue que, años más tarde, las muñecas se equivocaron de camino y fueron a parar a Las Vegas, entrando en un rol de juego, drogas y sexo sin control. Dejaron de salir por la tele y de los casinos, por lo tanto. Y en cuanto al calvo, acabaron por despedirle y a mí nunca llegaría a tocarme en la vida siquiera los números finales de algún décimo, ni tan sólo en las participaciones. Para que luego digan que el espíritu no cuenta…

Los que sí fueron ganadores, fueron los genes que marcarían mis ojos marrones, la piel blanquita, nariz y orejas pronunciadas y cómo no, el apetito devorador de mi madre. Consciente que quizás no me llevé la mejor parte, decidí aceptarlo. De hecho, me encantaba la idea de ser distinto a los demás, y quién sabía… Eso llamaba mucho la atención de las mujeres. Lo importante, al fin y al cabo, era la personalidad. Así que, más feliz que el desodorante de Angelina Jolie, y aprovechando un día en el que mi madre, en sus últimos meses de embarazo, se encontraba sola tejiendo mis primeros calcetines con los colores del arco iris, le hice saber, desde el interior:

-Mami, de mayor quiero ser feo.

Se incorporó como pudo, y dejando a un lado mis futuros calcetines sin acabar, fue ligera al cuarto de baño con los ojos inmersos en un mar de lágrimas, y seguidamente tuvo unas náuseas terribles. Creo que no se lo tomó muy bien. “Qué complejo es esto de ser humano”, pensé. Y es que nací, y aún los calcetines no lograban cubrir los deditos gordos de mis pies.

Porque nací, al fin. Aunque no lo hice con un pan bajo el brazo, sino con un susto. Era tan feo que no necesitaba comer limones para parecerme al Fary, y por un momento pensé que iban a confundirme con la placenta, aunque todavía hoy, décadas más tarde, se pregunten mis padres si eligieron correctamente.

No me importa. Hoy en día las chicas me miran, aunque no lo hagan del mismo modo que yo había estimado. De hecho, todo el mundo me mira cuando camino por la calle, todos excepto mis padres, para fingir que me conocen de algo. Lo que nadie sabe es que me infiltré en las listas divinas, y volveré a hacerlo, por muy feo y desconsiderado que parezca…

domingo, 30 de noviembre de 2008

Productos televisivos: Intro


Apagad el televisor. Apagad, incluso el standby, el piloto de luz que muchos utilizan de referencia en medio de la oscuridad para imitar a Carolyn, la niña de Poltergeist y encontrar así el camino hacia el sofá. Y es que, si no hay nada que ver, ¿para qué tenerla encendida? Al menos, ahorraremos un 15% de energía eléctrica anualmente en las facturas tan sólo por no dar coba a algunos programas que parecen reírse de aquéllos que los ven y de los que, seguro, ni se molestan en ver. Porque hay personas que se quedan paralizadas delante de este fatal electrodoméstico simplemente por ver algo, porque se supone (y lo subrayo como una hipótesis) que dentro de unos minutos empezará su programa favorito, o porque simplemente están tan consumidos por la llamada telebasura que son incapaces de agarrar el mando a distancia y cambiar de canal. Es un efecto dominó, en el que muchos hayan quedado anclados en su sillón, que el sillón sea una extensión del cuerpo, y que se trate de adivinar con la mente cuál va a ser, durante las pausas publicitarias, el anuncio que vendrá a continuación.

De hecho, a todos nos ha pasado alguna vez. No estoy muy seguro de lo que acabo de escribir, aunque me solidarizo con aquéllos que sí les ha ocurrido. Quizás sea el aburrimiento, quizás la mala indigestión de la cena de anoche, quizás el fuerte magnetismo (y en su caso, el físico) del presentador o la presentadora que nos seduce para quedarnos absortos en un mundo irreal… El caso es que, en mayor o menor medida, en alguna ocasión, nos hemos tragado un programa digno para ser parodiado.

Inicio, así, una serie de capítulos referente a productos televisivos vistos con un toque de ironía y humor, para que seáis vosotros los que tengáis verdaderamente el mando, y no las diversas cadenas que es capaz de recibir vuestro televisor.

¡Que vuestras neuronas os acompañen!


Próximamente, en el Capítulo I…
Productos televisivos: Gane 3000€ demostrando que usted no es tonto aunque lo parezca
¡No se lo pierdan!

domingo, 9 de noviembre de 2008

El infiltrado (I)



Antes de que mis padres sospecharan algo, yo ya estaba embarazado de ellos; por lo menos antes de los quince minutos previos de tomarse la última cerveza e, instantes después, disfrutaran al máximo de una noche pasional, porque obtuve una beca para reencarnarme y era el momento oportuno para hacerlo, aunque nadie me dijera entonces exactamente en qué. Por ese mismo motivo, involucré mi código de ente a hurtadillas en las listas de nacimientos generales, y al azar, escogí ser parte de la especie humana, por elegir algo que se saliera de lo típico, nada más, por probar haber qué tal.

La verdad es que no conocía nada de estos seres tan peculiares. Tenía la experiencia, sin embargo, de un amigo que se reencarnó en hombre, y parece que le fue bien. Allí arriba no se hablaba de otra cosa. Fue todo un fenómeno de ánimas en pena, por decirlo de alguna manera. De un lado a otro, se subía a los escenarios con su guitarra enloqueciendo a quienes iban a verle. De aquí para allá, moviendo su pelvis de manera sobrenatural. El Rey, lo llamaban. Lo chungo es que por creer serlo, nunca superó su adicción a las drogas, y… digamos que dejó de cantar, aunque aseguran que lo hace aún hoy en secreto, como Aznar con el catalán, en algún rincón del mundo, pero bueno, esa es otra historia… Sea como fuere, los humanos, como tal, tienen derecho a equivocarse. En mi caso, no sólo mi futuro padre, como humano que es, se llevó una enorme decepción cuando se enteró que iba a tener un nuevo pimpollo al que alimentar, sino que, además, yo iba camino a convertirme en uno. De hecho, no es que me llamara mucho la idea de salir por un tubo y pegarme la corrida del siglo –fíjate tú, nunca mejor dicho- huyendo de no sé el qué, lo que ocurre es que, por azar del destino, no calculé muy bien mi decisión hasta que me vi involucrado en tan viscoso terreno. Ni Alien con sus babas, años más tarde, me resultaría tan asqueroso, ni siquiera Carmen de Mairena, que ya son palabras mayores. Eso sí, sólo una cosa: le deseo mucha salud a Berlusconi, porque si llega el día que coja un catarro y estornude, nada podrá evitar que los kilómetros de piel que conforman su cara se suelten e inevitablemente seamos testigos de las arrugas que ha preferido guardarse todos estos años por el camino. Esto sí que superaría todos mis esquemas.

Pero lo cierto es que fui el espermatozoide más abstemio y rápido de toda mi generación, a pesar que mis miles de compañeros prefirieron ir durante gran parte del trayecto cantando el Asturias patria querida, que era la sintonía de cierre que mi padre utilizaba cada vez que había conseguido algo de mi madre en la cama. Al igual que a ellos, a mí tampoco me hacía gracia llegar el primero, pero ¡joder! no había quién los soportara, así que era momento de acelerar el paso, aunque sólo fuera por perderles de vista un rato. A lo hecho, pecho. Después de diez horas ininterrumpidas sin avituallamientos de ninguna clase ni diploma o chupitos sin alcohol para celebrarlo, llegué al óvulo, y no sólo mi padre iba a arrepentirse próximamente de ello, sino que fue aquí donde comenzó la historia de mi vida.

Yo mismo fui testigo de mi evolución dentro del útero de mi madre. Aunque aquello estaba oscuro, tenía todo lo que necesitaba: comida, bebidas gratis… ¡Vamos, de fábula! Viviendo de la sopa boba, vaya, lo mismo que cuando se llega a adulto en este país. Y lo mejor de todo: durante nueve meses iba desnudo por toda la placenta, sin tener que dar explicaciones a nadie. Además, me divertía escuchar la tele o la radio con mi madre, aunque sólo fuera en codificado, y recibir atenciones de todo el mundo. Nunca antes había sentido tanta felicidad, ni siquiera cuando me divertía en dar patadas cada vez que alguien acercaba su oído al vientre de mi madre. Qué tiempos aquéllos. Esto de ser humano no parece ser tan malo, al fin y al cabo, pensé.

Sin embargo, no podía estar más equivocado…

(continuará…)
La segunda parte se publicará en la primera semana de diciembre...

sábado, 1 de noviembre de 2008

Devolución de las especies
Ya sabe, si no queda satisfecho y ese rollo… (y II)


Es posible que el género humano esté especializado en las relaciones sociales, algo sin duda sumamente importante a la hora de buscar algo y comunicarlo a otra persona para hacérselo saber. Pero si una cosa es cierta es que los hombres y nuestro sentido de sociabilidad, se encuentra a mil años luz de las verdaderas protagonistas. Cómo no, las mujeres. Ellas han regido, de una manera u otra, el curso de la historia, así como la finalización o el perdón de ciertos programas televisivos, y esto no sólo las convierte en las más inteligentes, sino que además supone el descomunal esfuerzo, por parte de los hombres, de tratar de adivinar las acciones que llevan a cabo.

Basta que una mujer diga una palabra para hacerle saber a otra mujer qué es lo que quiere, aportando a ello toda clase de detalles, desde el color de un vestido hasta la marca íntima de su sostén. El concepto es bien sencillo: son capaces de comunicarse con la mirada, por los gestos, por la expresión de las palabras, incluso por el corte de pelo, y ello aporta una biblia de información muy poderosa; algo que los hombres, sin ninguna duda, estamos de igual forma dotados, aunque nosotros nos preocupemos por otra clase de dotes humanas y, por qué no decirlo, sobrehumanas, para volverles tontas durante un corto período de tiempo. Por esta razón hay más féminas de cara al público, y ojo al dato: las mujeres de los empresarios lo saben.

Tener amigas que te ofrezcan ir de tiendas con ellas, al principio, era novedoso para mí. No sólo por la experiencia, que siempre es de agradecer, sino también porque gracias a ello he aprendido a sentirme mejor conmigo mismo; me tomo las cosas con más calma y mi karma seguro está llena de colorines si no fuera por el enorme derroche de energía que supuso entonces inmortalizar mi santa paciencia en los vestuarios de las principales firmas de ropa femenina. Es aquí donde realmente se comprueba que sus capacidades sociales con el resto de la humanidad son efectivas, ¿y por qué? Porque se encuentran solas dentro de un habitáculo en el que hay tres perchas (una de ellas. rota) y un taburete de madera absortas en probarse cosas sin parar mientras tú estás fuera, en frente de su puerta, apoyado en la pared de en frente de su puerta al igual que una larga fila de hombres que llevan dos horas haciendo lo mismo que tú. Aún recuerdo mi primer día de vestuario:

-¿Qué? ¿Mucho tiempo esperando?
-Dos horas ya, pero eso es poco... La semana pasada estuve aquí cinco. ¿Eres novato?
-Estoy acojonado. Mi primer día. ¿Algún consejo?
-Sí. No se te ocurra opinar; es decir, cuando ella abra esa puerta y te pregunte cómo la encuentras, dile de todo menos la verdad.
-¿Y si lo que lleve puesto le queda bien?
-Tranquilo, entonces no saldrá a preguntarte.

En aquel momento, una voz nerviosa y desgarradora llamó la atención de mi compañero de fatigas. Era su novia, su mujer o su amiga, en conexión directa desde su refugio nuclear, amenazando al pobre chico que entrara ipso facto a ajustarle la cremallera trasera de su vestido, si no quería que esa noche durmiese en el sofá. Así que, muy dispuesto, entró, sumido en gritos e insultos dirigidos a no sé qué modisto italiano… Desgraciadamente, esa fue la última vez que supe de él. No volví a verlo más.

Mi amiga, como amiga, no se prestaría a abrir la puerta y pedirme que le subiera ninguna cremallera. Primero porque eso sólo ocurría en mis sueños, y segundo porque los pantalones que fue a probarse eran todos, y a mi pesar, de botones. Maldita sea. Lo que sí me pidió (eso sí, con exquisita elegancia) era que demostrara otra de mis funciones como acompañante masculino: cambiar por otra talla la prenda que colgaba por encima de la puerta. Claro… ¡cómo si fuera tan fácil acordarse de dónde habían salido! ¡Y pobre de ti como le trajeras unos equivocados! Peor aún… ¡Pobre de ti como pasases mucho tiempo fuera estando ella en bragas a solas con un espejo que no la conocía de nada y no se cortaría en decirle lo que él veía de ella! ¡Vamos, cómo si yo tuviera la culpa de que esa misma tarde se comiera una gran cantidad de Ferreros Rocher! Pero claro… Hazle entender tú a una chica que Isabel Preysler no se comía la bandeja año tras año y pudiera conservar ese tipo como si nada. La fama cuesta… Y los Ferreros también.

Menos mal que las indígenas de los centros comerciales te siguen a todos lados. Así que, como no había opción de escapatoria alguna, decidí preguntarle:

-Perdone, ¿sabe dónde puedo encontrar una talla mayor de este pantalón?
-Esto… Está usted en la sección de electrodomésticos, caballero… La sección de ropa está dos plantas más arriba…

¿Dos plantas más arriba? ¡Caray! ¡Si es que abruma tanto cartel anunciando no sé qué de semana fantástica!… ¿Qué quiere decir eso? ¿Acaso se incorpora a la plantilla Harry Potter para trabajar de reponedor? Ya puestos, y refiriéndome en aquella ocasión, no iría mal que, con su varita mágica, le llevara volando los pantalones que ella necesitaba. Eso sí que hubiera sido fantástico…

Al final los encontré. Es decir: con la ayuda de diez dependientas (todas hablando con su novio por móvil menos una que acababa de cortar con él y tenía una mala ostia que no veas), hicimos una batida por la sección de ropa femenina. Precisamente los encontró la empleada despechada, y arrojándomelos a la cara, me sentenció ya por el resto de mi vida:

-¡Si es que todos los hombres sois iguales, coño!

Corriendo sin saber a dónde, desconcertado y maldecido a la vez, logré llegar a los vestuarios. Sólo necesitaba ir hasta el último probador de la veintena que había colocados para arrojarle los pantalones por encima de la puerta y haber superado la prueba del perfecto acompañante masculino. No obstante, un nuevo obstáculo me esperaba. Y es que lo que no me podía esperar era la cantidad de tetas y de culos que vi mientras caminaba hasta el fondo… Intentaba desviar la vista, lo prometo, pero surgían de todas partes, y para colmo, me llamaban pervertido simplemente por el hecho de que ellas no hubieran procurado cerrar la puerta… Lo que importaba es que si el mundo se hubiera detenido en ese instante, yo hubiera muerto feliz. Más incluso que comiéndome un Ferrero Rocher.

Al final, salimos todos bien parados. Mi amiga consiguió sus pantalones y contó conmigo en futuros encuentros consumistas, la dependienta parecía haberse reconciliado con su pareja, Harry Potter fichó por Zara, e Isabel Preysler dejó de hacer los anuncios de los bombones porque consideró que ella era en sí un bombón, porque ella lo valía… ¡Ah! Y dicen que, de vez en cuando, en el interior de uno de los probadores, se escuchan las siguientes voces, del todo paranormales:

-Pero Manolo, hijo… ¿Cuándo vas a poder subirme la dichosa cremallera?
-Espera amor, ya casi está… un poquito más...

sábado, 25 de octubre de 2008

¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas en mi pupila tu escote de yogur…


Hace años me dedicaba a escribir poemas. Incluso participé en concursos, aunque por aquel entonces consideraba la poesía como todo aquello sin sentido que rimara entre sí y claro, de ganar ganar, lo que se dice ganar algo, no gané mucho, pero una cosa era cierta: caí en el anonimato al igual que otros tantos, con mucha poesía y decoro, eso sí. Yo me decía: “Ya está, la excusa perfecta para escribir surrealismo” y no sólo buscaba en las enciclopedias palabras aleatorias y sin ningún lazo de unión como cohete y Alburquerque, como camión y corazón, como Aznar y rebuznar (vaya, esta última sí está relacionada), sino que además intentaba hacer una especie de slogan entre ellas, y si bien es cierto que mi arte no lo entendió mucha gente, también he de decir que, al igual que mis versos, conseguía el mismo efecto de discordancia entre las chicas y yo.

Shakespeare lo tenía mucho más fácil en su época. Escribió lo obvio, lo que las chicas quieren oír, unos versos para adularlas y caer rendidas a sus pies, sin tener en cuenta que nos lo estaba poniendo muy difícil a las generaciones siguientes. Fue un acto muy egoísta por su parte. Estoy seguro que fue a la biblioteca y se le dio mucho mejor eso de unir varias palabras. Tal es así que un buen día, encontrándose rodeado por una legión de chicas en plena calle, se cruzó con un amigo suyo, saludando éste al famoso dramaturgo:

-¿Qué tal, Shakespeare? Serás afortunado, cabroncete…
-Ser o no serlo, he ahí la cuestión…

Lo que indica que Shakespeare, tanto si plagió o no sus famosas obras de otra persona, no estaba dispuesto a ser un pringado. E hizo lo más sensato, ser escritor y parecer serlo con sencillos pareados, para que las mujeres sintieran atracción hacia él. Por ejemplo, en la obra Sueño de una noche de Verano, está lleno de ellos. Recuerdo que hace años se hizo una versión cinematográfica de esta obra y me gustó, aunque no recuerdo muy bien de qué iba; lo cual es curioso, porque cuando se estrenó, fui a verla nada menos que dos veces. Son de esas cosas estúpidas que en ocasiones haces en la vida, y que principalmente es a causa de:

A: estás aburrido y no tienes mejor cosa que hacer, ó
B: estás enamorado de una persona que te incita a hacer estupideces sin ton ni son.

Sea como fuere, la finalidad, la meta, era hacer el estúpido. Así pues, qué mejor manera que enamorarte porque no tienes otra cosa mejor que hacer. Para que luego digan que el amor es ciego, claro. Si lo fuera, ¿qué razón hay para que una persona vaya, no una sino dos veces, a ver la misma película en la misma semana?

Y no sólo entré, como digo, por segunda vez. También conseguí fingir que me sorprendía cuando ocurría algo de relevancia, o en los momentos de mayor sensibilidad me acercaba el dedo al ojo simulando que me limpiaba las lágrimas, o intentaba por el contrario coger un puñado de sus palomitas resistiéndome a meterle mano en las escenas intensas de amor.

Sin embargo, de lo único que me daba cuenta, según pasaba el tiempo, era que ver la misma película llegaba incluso a cansar, a aburrir, por mucho que fuera del mismísimo Shakespeare, y resultaba inevitable la tentación de bostezar, aunque si como digo me enamoré por aburrimiento, ¿sería estúpido pensar que ella se aburría conmigo? No había tiempo: los protagonistas se habían besado ya y en el interior de la sala se avecinaba un final apocalíptico; palomitas y botellas de todo tipo tiradas por el vasto suelo pegajoso, luces encendidas..., y lo peor: el niñato que se había pasado las dos horas anteriores dando pataditas con el pie desde el asiento trasero podía, de golpe, parar. La película llegaba a su fin, y mis señales por intentar llamar su atención no habían resultado ser de ningún modo exitosas. No se me ocurría decirle nada, digamos, nada poético (algo que ella pudiera entender), para poder camelármela. Lo dicho: Shakespeare lo hizo por mí, y mientras ella se quedó encantada con aquella muestra aberrante de poder lingüístico y seductor, yo, de nuevo, pasé al anonimato.

Al menos, qué decir… Me quedó la vena poética, sin surrealismos. Y días después me vino la inspiración de copiar íntegramente un poema de Gustavo Adolfo Béquer, coetáneo por varios siglos al inglés y escribiendo en perfecto castellano, en una nota de color muy mona perfumada hasta las trancas de colonia barata. Tras asegurarle que esos versos (los cuales no entendía ni el título) eran míos, me besó en la mejilla y rápidamente, me agradeció el gesto pero que tenía que irse deprisa porque había quedado con un chico el cual le interesaba mucho porque era capitán de no sé qué equipo de fútbol…

Debo irme ya, llego tarde. Eres un gran amigo, ciao”, añadió poéticamente mientras marchaba, dejándome su aroma a paso ligero. Y yo ahí, el gran amigo, aguantando al tipo de la cara estúpida que estaba hace unos instantes en frente de ella, fuera de mí, como si hubiera deseado entonces, con todas mis ganas, tener otras cosas mejor que hacer que dedicarme a aburrirme tan desesperadamente de aquel modo, casi al borde del llanto. Fue entonces cuando comprendí que la mayor estupidez del ser humano no es el simple hecho de enamorarte, sino tratar de justificar de todos sus inconvenientes a través de la poesía, tal y como se hacía antes. Y esto, ya de por sí, suena muy aburrido…

domingo, 19 de octubre de 2008

Premios 20Blogs: Categoría Imposiblemente de Humor

No hay nada que un concurso para dar a conocer tanta gente con talento y con tanta variada temática para poder expresarse. Sin embargo, dada la gran cantidad de gente que se ha inscrito, el otro día me armé de valor y entrando al despacho de mi jefe, le pedí unos días de libre disposición, para así poder tener la oportunidad de visitar el blog de cada uno de los participantes sin presiones ajenas y votar a mi aún sano juicio al mejor de cada categoría.

A mi jefe no le gustó. No le gustó nada. Al principio pensé que era por el intenso trabajo de la oficina de estos días, pero luego descubrí una cosa horrorosa en la página de 20minutos... ¡Él también participa en los premios! Y no sólo eso, sino que tuve que necesitar terapia de choque cuando me enteré que lo hacía en la misma categoría que yo, la temida y difícil categoría de humor, aunque él sólo se dedique a poner fotos y vídeos de toda la ancha y larga banda de Internet.

Claro, ustedes ya verán qué hago. Me tiene cogido por los huevos. Si no le voto, quedaré mal y me hará traerle el café con sus galletitas preferidas a la mesa, e instantes después, me dirá que le quite los zapatos y le haga un masaje en los pies... Y ojo: dentro de la empresa se corre el rumor de que tiene unos callos enormes... ¡Qué horror! Nunca pensé que hacer humor fuera tan difícil, que no sólo basta colgar unas fotos de Internet, que hay que contarlo, leches... Hay que vivirlo...

Me despide. Yo creo que me despedirá. ¿Pero saben una cosa? Me iré por la puerta grande, con la cabeza bien alta. Al menos, ¿qué quieren que les diga?... Al menos... Me lo tomaré con buen humor...

jueves, 16 de octubre de 2008

Enganchado a una legaña (I)

(I)
Aquí se inicia un gran relato…

"¡Señoras y señores, niños y niñas! Ahora voy a presentarles el número estelar de esta noche… ¡Den un fuerte aplauso, por favor, al hombre…!"

Qué tiempos aquéllos… Y luego salía yo, ante una multitud enloquecida, ataviado con un traje más bien ridículo –aunque, sin lugar a dudas, cómodo-, saludando risueñamente al mismo tiempo en todas direcciones. Era siempre igual: las fans más dispuestas me tiraban tangas de todos los colores (sin lavar, por supuesto); los niñ@s, al verme, se quedaban patidifusos, y sus padres, no sabían si reír o negociar quién de los dos se quedaba con su hij@ mientras el otro se encargaba de llamar la atención al chico de las palomitas.

Fueron momentos gloriosos. Mi época dorada. Recuerdo que ya fuera del circo, incluso, las fans se peleaban entre ellas por conseguir un autógrafo mío… Bueno, no exactamente. En realidad, sé muy bien que yo no era el auténtico centro de atención. Era Pita, mi legaña.

Verán. Un día, el despertador, con su desgarrada música, volvió a despertarme en lunes. Me daba la sensación que su atroz gruñido era fruto de mis no muy buenas proyecciones hacia él, sobre todo cuando, cada domingo por la noche, volvía a activarlo, en contra de mi voluntad. Aquel lunes, además, no sólo repiqueteó con todas sus fuerzas, sino que lo hizo dos horas más temprano de lo habitual.

Sin darme cuenta de la situación, apenas me levanté de la cama cuando sentí un peso enorme en mi cuerpo para que volviera a ella. Aunque era profundamente tentador, me calcé y, dando tumbos, me dirigí hacia el cuarto de baño, sin poder ver ni sentir a nadie con sus buenos días mientras tropezaba con todo. Y no sin dolor, llegué al fin… ¡Demasiada luz, caray!

Cuál fue mi sorpresa que, frente al espejo, entre destellos y una fuerza extraña que me frenaba al intentar levantar los párpados, que vi lo que vi: una inmensa legaña de un metro de ancho colgando de mi ojo izquierdo y que enlazaba con el derecho. ¡Vaya! Ahí entendí que mi novia, en lugar de desearme buenos días, tratara de exclamar “¡Ay, Dios de mi vida!” Lo espectacular era que, por mucho que me lavara la cara, no conseguía quitármela de encima. Así que, con filosofía, ya que no me molestaba en exceso, decidí adoptarla. Sí, como leen. La bauticé, en el lavabo, como se merece, con todos los honores, cual la legaña Pita.

Los golpes que recibía la puerta para que abriera cesaron cuando decidí presentar a mi nueva amiga. Con mucho cuidado, la abrí, y en ese momento, pude ver una sombra que caía precipitadamente hacia el suelo, e instantes después, escuché un golpe. Fue Andrea, mi chica, que cayó desplomada.

Con rapidez, cogí las llaves del coche y, agarrándola en brazos, la introduje dentro del vehículo para llevarla al hospital. Menos mal que me serví, antes de partir, de una buena dosis de cloridio para llegar sanos y salvos. Mis ojos iban borrachos, pero dio resultado. Una vez allí, al vernos entrar, a ella la dejaron sentada en la sala de espera y a mí me tumbaron en una camilla camino del quirófano, no sé si debido a una falta de información o a un mero y feliz desconcierto. El caso es que no me dieron la posibilidad de hablar, y antes de que quisiera darme cuenta, ya habían puesto una máscara encima de Pita, volviéndonos a dormir in situ. No me opuse, la verdad es que me había levantado dos horas antes y tenía tiempo de sobra para llegar a mi trabajo. Además, seguía teniendo tanto sueño…

domingo, 5 de octubre de 2008

Devolución de las especies
Ya sabe, si no queda satisfecho y ese rollo… (I)



Ahora posiblemente no, pero hace unos meses lo pasaba fatal cuando alguna de mis amigas -que son muchas, por cierto- sugería ir de compras con la excusa de mirar el regalo perfecto para algún cumpleaños o santo, ir de compras con motivo de las rebajas o simplemente porque se les antojaba, porque sí… Y claro, ¿qué puedes hacer? No puedes negarte… Porque es lo que digo yo… ¿Acaso necesitan excusas las mujeres para ir de compras?

Lo peor es que contaran con mi apoyo y mi refinado gusto por la moda para hacer al final de hombre perchero. Eso sin contar con la maratón que me daba recorriendo los pasillos sorteando toda clase de obstáculos intentando alcanzarlas. Recuerdo una vez, en la sección de ropa interior femenina, con las prisas, topé con un maniquí que permanecía en un pequeño pedestal y le arranqué de cuajo una mano. Qué vergüenza pasé. Y menos mal que el resto de la figura permaneció inmóvil, porque en el caso de habérseme caído encima, quizás los empleados me hubieran denunciado por hacer el amor en un sitio público, y en consecuencia, por exhibicionismo, escándalo público y torpeza en general.

El momento de mayor alerta era cuando pasábamos minutos (para mí, horas y horas) analizando dos blusas idénticas aunque de distinto color.

-¿Qué te parece, el azul marino o el negro?- me preguntaba ella en un momento de crisis consumista.
-A mí me parece que cualquiera te iría bien...
-Tú sí que sabes. ¿No ves que el azul marino no pega con nada?
-Pues coge el negro.- afirmando con lógica aplastante.
-Ya, lo que el negro parece tan soso…

Se trataba de un momento crítico, no por mi salud mental, sino porque presentía que algo iba mal. Tenía la sensación que una cosa se movía detrás de los soportes móviles que cuelgan las prendas mientras nosotros permanecíamos anclados en el mismo lugar. Y aunque mi intención era salir corriendo de allí dejando las bolsas en el suelo, no hubiera podido. Mis piernas aflojaban a mi voluntad y me imaginaba lo bonito que le quedaría a ella la blusa si yo, en un acto de cobardía, le regalara finalmente las dos… Esto… Bueno, tampoco era cuestión de hacer ninguna locura económica a la tarjeta de crédito. Quizás mejor era afrontar la realidad y aparentar que todo iba normal. Intentaba seguir el hilo de la música de fondo moviendo el pie, pero hasta eso me parecía terrorífico. En mi infancia ya lo pasaba mal con Drácula, pero esta inquietud me sacaba aún más quicio y me ponía muy nervioso… Instaba a mi amiga en decirle, dulcemente:

-Guapísima, ninguna de las dos te favorece. Tú eres una flor que necesita vestirse con pétalos más bonitos.

Sin embargo, era demasiado tarde. Las prendas más cercanas a mí comenzaban a moverse solas. Era el fin. Ya no había posibilidad de escapatoria. La cosa que las revoloteaba estaba ahí mismo, a mi espalda, y mi infancia, inevitablemente, pasaba delante de mí, incluido el propio Drácula con la blusa azul marino puesta. De pronto, noto una mano en mi hombro, y escucho…

-¿Les puedo ayudar en algo?

Se acabó el buen rollo. Y el momento romanticón se iba al traste. Reconozco que éramos una presa fácil. A partir de ahí, se iniciaba una conversación interminable entre la dependienta y mi amiga sobre tallas, marcas, colores y un sinfín de términos que apenas lograba captar. Y yo ahí, paralizado, sin poder aportar nada, siguiendo el compás del hilo musical con un suave movimiento de arriba abajo del pie…

(continuará…)

jueves, 2 de octubre de 2008

Spot

Quizás aún no se hayan dado cuenta, pero sí, es evidente: estamos en crisis. Y no me refiero a esa crisis que a todo hijo de su madre le ha ocurrido al menos una vez y media en su vida cuando no se atina y se le escapan unas gotitas fuera del váter... No. Eso es, al menos, superable. O por lo menos, una pequeña fechoría matinal a superar.

Me refiero a la verdadera crisis, cuando vemos esas fotos publicitarias repartidas por los pasillos del metro. ¿Quién ha sido capaz de resistirse alguna vez en pintar unos cuernos, un bigote y los dientes de Bugs Bunny en el rostro impreso de alguien? Yo no conozco a nadie, y esto es preocupante, porque significa que la persona que vea tal muestra de arte sonreirá o como mucho reirá sin motivo aparente, y si aplicamos esta matemática conclusión a la vida cotidiana, quiere decir entonces que habrá decenas de personas –quizá cientos de ellas- que tengan el atropello de sonreír simultáneamente al mismo tiempo mientras vayan camino del trabajo o a cualquier otro lugar en el que, seguro, imitarán tal gesto con algún compañero o familiar suyo.

Qué mundo en el que vivimos, ¿verdad? Al convertirnos en adultos dejamos atrás ese tipo de cosas… Ahora tenemos otras más gratificantes, como el Euribor, los discursos del Rey en Navidad o Karmele Marchante. Dónde va a parar. Las comparaciones son odiosas. De adultos, somos más inteligentes, y tenemos que preocuparnos de cosas para… adultos.

Además, que alguien tenga pintado un bigote en su rostro es algo habitual. Fíjense, por ejemplo, en el señor Aznar. Y el dibujo de los cuernos, muy usado también. Fíjense en Ana Botella, la mujer de Aznar. Y los dientes de conejo, por supuesto, Aznar… Moraleja: este hombre es una caricatura de sí mismo, y lo debemos echar de menos, porque nos reímos tanto de él…

Así que, por favor, traten de ser adultos, y no participen en esa clase de niñeces… Quién sabe si usted será, próximamente, el nuevo presidente de su comunidad de vecinos y le toque limpiar su imagen a todas horas…

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Accidente

Lloro de alegría. La misma con la que, felizmente, he cerrado el cajón sin darme cuenta que mis dedos aún no se habían apartado de su trayectoria… Consecuencia: no he sabido hasta hace apenas unos minutos si gritar o llorar. Así que, en un acto egoísta, he optado por ambas soluciones.

Y es que las razones que el cuerpo humano tiene para avisarnos son, en ocasiones, crueles… Si cada vez que tuviéramos un accidente, ¿no sería mejor que nos diera por contar un chiste, o ponernos a cantar la sintonía del Telediario? Esto último sería para informar que hemos tenido uno, y que la herida se trata mejor cuando vienen a socorrernos y se actúa con la máxima celeridad. La primera, en cambio, sería para comprobar una vez más que nadie se ríe de tus chistes y que es necesario que renueves tu repertorio.

Pero no. El cuerpo decide castigarnos y nos provoca un dolor insoportable que supera con creces cualquier pantomima de melodía procedente de realitys como Operación Triunfo. Y eso, es muy cruel. Ya sabemos que la torpeza a veces es más inteligente y nos coloca en los sitios menos adecuados para la salud y el bienestar público, pero de ahí a machacarnos con dolor… Somos una concentración de células muy nerviosas dispuestas a recordarnos en cada momento que no debemos hacer ciertas cosas, aunque las hagamos sin ánimo de lucro.

Y total, ¿para qué? ¿No es suficiente que se nos ponga los dedos lo suficientemente colorados como el de ET, y no podamos meter la mano en los bolsillos para sacar un pañuelo y hacer un vendaje improvisado? ¿Qué planes tiene la naturaleza para nosotros al impedir que los dedos implicados estén inoperativos durante unas horas y vestirlos como momias? ¿Por eso tenemos cinco dedos en cada mano y pies, para tentar siempre a la suerte?

Tranquilos… Somos una especie lo suficientemente inteligente como para captar el mensaje que nos transmite el cuerpo… Aunque si supiéramos realmente cuál es, sería todo mucho más sencillo, y por supuesto, a la par, mucho menos doloroso…

sábado, 6 de septiembre de 2008

8 megapíxeles de despiste postvacacional

Agosto fue bello. Tanto es así que, de un mes a otro, se le agotó el nombre de tanto usarlo. Y es que no aprendemos. Cada año lo mismo. Nos compramos pareos, nos atiborramos de sol, y el boca a boca es fundamental para copiar el destino de vacaciones de nuestros vecinos, amigos o familiares; pero falta algo, algo esencial que nos beneficie a la hora de volver a casa.

Que sí, que está muy bien ponerles los dientes largos a tus vecinos, amigos o familiares cuando les cuentas con todo lujo de detalles que montaste a camello, que viste al famoso de turno en su yate privado dándose el lote con… o subiste el pico más alto sin utilizar el coche sabiendo que ellos, en su momento, no lo hicieron. Sin embargo, no hay cámara que pueda captar el momento único de volver. Las vacaciones terminan y las caras se convierten entonces en extensiones del suelo; las picaduras de los mosquitos y demás seres puñeteros que forman parte de nuestro ecosistema mundial, parece que ya no pican tanto, e incluso nos resistimos en repartir los famosos “Recuerdo de…” a la gente de la que nos reímos tumbados en una hamaca mientras ellos trabajaban, simplemente para olfatear aún las últimas gotas de vida de este mes que nos dio tanta vida pero que a la vez no pudo, una vez más, sorprender al resto de la humanidad y prolongarse, al menos, dos semanas más.

Una vez que se ha regresado, ya no hay vuelta atrás. Y es que todo está en el mismo lugar de donde lo dejaste. Quizás con más polvo, pero vaya, un polvo que perfila el mismo desorden con el que convives diariamente. Es más, tu vecina, sintiéndose con la misión más importante del mundo, no ha parado de regar el geranio de tu balcón desde que te fuiste, y decides no dilatar más su agonía tirándolo a la basura.

Sí. Te lo creas o no, la rutina hará mella en tu agenda hasta, por lo menos, Semana Santa. Así que es conveniente que recuerdes para quien trabajas, dónde lo haces, y bajar en seguida a un bazar chino a comprar algo para tu jefe y que indique que estuviste en tal sitio y le trajiste… ¿un gato que se balancea para atrás y delante con una pata saludando?. Ya sabes, para quedar bien, porque vas a necesitar que haga un poco la vista gorda estos días, créeme.

Porque el primer día de vuelta, ese en el que te encuentras casualmente, como el que no quiere la cosa, a tus compañer@s de trabajo, las cosas son muy extrañas… Para empezar, nadie habla. Sólo se balbucea, y es que no hay fuerzas para nada más. Ten en cuenta que has estado un mes entero sin verles, y es muy posible que se te olvide algunos nombres, y ell@s, por su parte, puedan olvidarse del tuyo. Así que es mejor no meter la pata. Mantén la boca bien cerrada y la cabeza agachada cuando pase alguien que parezca ser tu encargado, o el tío de piel cubana que desde hoy se hace pasar por tu encargado. Porque hay que recordar que nuestros superiores también son personas, al igual que tú y que yo, aunque con una clara diferencia: seguro han podido gastar más que tú. Ellos no van a hoteluchos o pensiones, van a lo caro, a los hoteles de 5 estrellas, a montar en caballo y a subirse en globo todos los días, a practicar golf o en fin, para maquinar alguna estratagema para alargar su estancia y tú tengas que realizar su trabajo en los días en los que te toma el pelo fumándose su puro mientras le masajean los pies.

Pero aunque el primer día no sea el de mayor productividad del resto del año, esto no quiere decir que tampoco podamos resistirnos a enseñar nuestras humildes fotos a todo el mundo, y lucir palmito al nombrar lugares y asegurar que has estado allí por una foto en la que has salido casi con los ojos cerrados. Como siempre, cuando te ponen flash. Pero hay que tener presente, que el primer día, ese en el que Agosto pasó a llamarse Septiembre, no estamos en plenas facultades para hacer según qué cosas. Ni mucho menos escaquearte, porque te pillarán, seguro. Se te olvidará algo, o simplemente llegarás tarde a trabajar, así que no tientes a la suerte.

Y es que falta algo para que esto no ocurra. Quizás necesitemos de unas vacaciones a las vacaciones, y podamos recuperarnos tranquilamente, sin agobios. Hay que dejar que las cosas vuelvan a su sitio, y volver a sentar cabeza. O mejor dicho: tumbar todo el resto del cuerpo y cerrar los ojos. Y ni aún así, nadie nos salva de que alguien coja sin permiso nuestra cámara de 8 megapíxeles que dejamos encima de una mesilla, y nos haga una foto mientras soñamos, con una sonrisa de oreja a oreja, que estamos a punto de coger de nuevo las vacaciones…

jueves, 21 de agosto de 2008

Vuelo JK 5022

Iban a sus casas, a pasar las vacaciones, a reunirse con esa parte de la familia que en contadas ocasiones se va a visitar… Iban a vivir, en definitiva. Pero algo falló, y ningún plan era suficiente para librarse de la tragedia. Casi todo el mundo, incluída la tripulación, pereció ayer en un accidente aéreo aún por descifrar. Sólo unos afortunados lograron salvarse, mientras que otros pocos se debaten aún entre la vida y la muerte en una angustia general entre los ciudadanos que no cogimos aquel avión.

Porque lo que nos permite estar vivos o muertos no son las enfermedades o los accidentes que podamos padecer, son las circunstancias de poder contarlo o no. Y seguro que a todos nos hubiera gustado que este vuelo rutinario hubiera pasado desapercibido, que hubiera sido uno de tantos vuelos que despegan y toman tierra horas después, y que la única importancia que se les diera por parte de los usuarios, fuera que, justo después de aterrizar, se averigüara en cuál de las cintas transportadoras iba a aparecer su equipaje. Pero ya no pueden. No pueden por la sencilla razón que este vuelo no ha pasado desapercibido para nadie. Y el destino de casi 200 personas cambió drásticamente en apenas unos segundos.

Para los que consiguieron y consigan sobrevivir, para los familiares de las víctimas, para la sociedad en general, he de decir que estamos vivos. Nosotros sí lo estamos. Y así será siempre y cuando podamos contarlo, siempre y cuando vayamos cumpliendo años, y podamos recuperarnos rápidamente de los posibles contratiempos que nos depare el futuro. Porque la vida nos ha enseñado a no entretenernos en las despedidas como si fuera la última cada vez que salimos de casa, cada vez que se arranca el coche, se coja el tren o se suba a un avión. No pensamos en morir al cruzar el umbral de nuestro hogar, simplemente porque no tenemos miedo –ni pensamos en ello- de no poder regresar.

Y así ocurrió. Quizás los nervios de la primera vez, la sonrisa pícara de algún viajero mientras observaba atento la coreografía de las azafatas antes de despegar, la acción por parte de otros de sacar el móvil y escribir un último mensaje antes que le llamaran la atención… Ellos, definitivamente, no tenían miedo. Sin embargo, la pregunta es:

¿Deberían de haberse despedido más efusivamente?

La respuesta, lógicamente, es no. De la misma manera que se vive, hay un riesgo por ello que nadie puede predecir. Y a menudo surgen oportunidades, ventajas o triunfos que nos alegran siempre la estancia dentro del mundo, como la mujer que obtuvo una plaza fija de profesora e iba a Las Palmas a celebrarlo con sus familiares, pero ¿qué debía haber hecho, quedarse en casa?

Tan sólo lo sabemos ahora, después de lo sucedido, que ese avión debió quedarse en tierra. Posiblemente para su reparación, para su desgüace o para algún fin que la compañía aérea Spanair le tuviese preparado. Pero esa mujer, al igual que, repito, las casi 200 personas que figuraban en las listas de abordo entre tripulación y pasajeros, hubieran cogido otro avión, o quizás no. Quién sabe. El único destino en este mundo es vivir, y ser conscientes de ello.

martes, 19 de agosto de 2008

¡Despréndete de tus malos rollos y enrróllate, coño!

Si es que cuando nos da por hablar de algo, lo exageramos demasiado, lo convertimos en moda, y se convierte automáticamente en motivo de discusión en todos los lugares a los que el hombre y la mujer han tenido acceso hasta hoy, incluidos los probadores de El Corte Inglés.

El logro de tener un buen día que no se salga de lo excepcional, es hacerlo excepcional. Sé atrevido y piensa a tu favor. Debemos convertir en nuestra cabeza esa moda de hablar siempre de lo mismo, en una recompensa, en una aportación lúdica que nos divierta, y a la vez, amenice nuestra conversación con la persona o personas que tenemos delante.

Por ejemplo: el calentamiento global. Un tema sobre explotado, y utilizado frecuentemente, y por desgracia, como reclamo propagandístico para beneficio de unos pocos. Todos somos conscientes, en mayor o menor medida, del peligro. Pues pese a la gravedad del problema, podemos sacar un punto de humor en ello.Y es que, sumido en una conversación sobre el cambio climático, puedes soltar:

- Ah! ¿Pues sabías que se ha comprobado que las vacas contaminan cuatro veces más que un coche?. Sí, sí... Lo que oyes, y lo hacen por medio de sus excrementos, ventosidades y eructos, a través de los cuales generan 150 kilos de gas metano al año, el cual estriba del CO2 en que provoca un mayor efecto invernadero, tres veces más, para ser concretos.


¿Ves? Por eso recomiendo siempre leer y mantenerse informado sobre aquéllas noticias curiosas que pasan a veces desapercibidas pero que gustan tanto pudiendo así zanjar una discusión de la mejor manera posible con tus compañeros o amigos.

Las Cuatro Estaciones

No sé a ustedes, pero a mí el calor me agota. Tanto es así que sudo mi propia respiración, la exhalo por todos los poros de mi piel hasta que me doy cuenta que estoy viviendo otro día más en la época más calurosa del verano.

Porque, aunque les parezca atípico, mi estación preferida ha sido siempre el otoño, si no fuera, claro está, por el cambio horario, pues nuestra vida cotidiana tiene una hora menos de color y calor, y ese tiempo se aprovecha para caminar entre las calles ya con las farolas encendidas, para observar que la humanidad se viste de largo marrón, y para comprobar que la programación televisiva vuelve a la normalidad emitiendo los mismos realitys que hace varios años invadieron nuestras casas.

Sin embargo, el otoño no deja de ser sorprendente en otros aspectos. Por ejemplo, en los colores que ofrece la naturaleza. Se trata de algo paradójico si tenemos en cuenta que al tratarse de una transición hacia el frío, haya tanta policromía. Es maravilloso caminar por los senderos, descubrir ese sosiego personal envuelto entre las ramas que desenlaza sin problemas el aire puro...

Para mí, es especial haber nacido en octubre. Me describe a la perfección mis sentimientos, mis aspiraciones... Es como si me sintiera hipócrita haber nacido en primavera, en verano, o en invierno; porque aunque para la mayoría de gente asocia el otoño como una estación fría, melancólica, sin vida, en realidad es todo lo contrario, ya que el hecho que llueva no significa que debas estar triste, ni el día que tengas que ponerte una chaqueta -que ni loc@ te pondrías ahora- significa que no estarás menos atractiv@.

Todo es cuestión de la fortaleza de nuestro ánimo, de la capacidad de quitarnos tópicos de nuestra cabecita. Nací y empecé a disfrutar de las estaciones antes que nadie me enseñara para qué servían, cuál era su función y la trascendencia emocional en los seres humanos. Por ello no es de extrañar que a muchas personas les encante pasear bajo una frágil llovizna, o adoren ver los relámpagos, e inmediatamente, cuenten los segundos que faltan para que suenen los truenos. Eso sí: a nadie le gusta estar en medio de una tormenta en plena calle y sin paragüas, y llegar empapad@ hasta los huesos a cualquier sitio con un humor de perros.

Porque de lo que se trata es de realizar el mejor año de nuestra vida, año tras año, y no importa en qué estación, preferida o no, te sientas más cómod@. Porque todas ellas, sin excepción, son bellas, con sus colores radiando, con sus manifestaciones de sol, lluvia, nieve, tormentas... con tus risas, anécdotas y buen humor. Todas están ahí, dentro de un año de nuestra vida, para que cada día que pase sea único, brindándote tu alegría como la mejor garantía de futuro.

A quien madruga… No le mires el diente (III)

(III)

El siguiente refrán también es muy conocido, y puede dar mucho de sí, para todo tipo de interpretaciones.

El que la sigue la consigue.

Vamos allá, analicemos:

-Si nos dedicáramos a seguir a la gente que nos interesa, ¿qué se consigue más rápidamente: a él o ella o una denuncia por acoso?
-Decírselo al pobre Emilio Aragón, que se pasaba la vida siguiendo la línea blanca y cuando creía haber llegado al final, empezaba de nuevo, precisamente igual que los programas de teletienda de su propia cadena, La Sexta.
-¿Qué debe seguirse? ¿La corriente?
-Si fuera cierto el anterior punto, ¿qué se consigue? ¿Electrocutarse?
-¿Habrá conseguido aquella mujer que hace unos años montaba en una moto, poniendo al descubierto parte de su delantera, encontrar por fin a Jack’s?
-¿Este refrán es aplicable a los millones de personas que juegan a la lotería cada semana?
-Si hay más de una persona siguiendo lo mismo, ¿quién debe ser el que la consiga?
-Si se sigue la Fórmula 1 o las motos, ¿quiere decir que se es incluso más veloz que Speedy González?
-¿Hay avituallamientos por el camino, si se sigue muy seguido?
-Las personas que hoy en día siguen a George Bush, ¿qué narices consiguen con ello?

Espero, no obstante, que sigas riendo, y si ya lo haces, consigue que otra persona se ría contigo.

A quien madruga… No le mires el diente (II)

(II)

Otra perla del refranero popular, sin duda:

Más vale malo conocido que bueno por conocer.

O sea, esperad a que me siente un instante, por favor:

- Si esto no fuera cierto, ¿es la auténtica razón para que Dark Vader se pasara al lado oscuro de la fuerza?
- ¿Esto significa que para tener enemigos hay que buscarlos en los propios amigos?
- Si este dicho fuera verdad, ¿en los supermercados dejarían de colocar yogures caducados en las estanterías?
- Según esto, ¿Por tal motivo cuesta conocer buenas personas?
- Si a mí me conoce un montón de gente, ¿Significa eso que soy una mala influencia para ell@s?
- ¿Significa esto que el abuelo de Heidi no conocía a mejor cabrero y se tenía que conformar con Pedro?
-¿Hay que tener poca autoestima para creer todo lo que se lee?

¿Y tú, qué opinas?

A quien madruga… No le mires el diente (I)

(I)

Hay ciertos dichos populares que no he llegado, aún hoy, a entender, como por ejemplo:

Más rápido se coge al mentiroso que al cojo.

O sea, haber:

- ¿Quiere decir que no hay mentirosos cojos?
- ¿Porque hay que correr con un cojo, para ayudarlo si se cae?
- ¿Significa esto que hay que ser cojo para no mentir?
- Si se coge al mentiroso antes, ¿no será porque hemos hecho trampas para alcanzarle?
- ¿El que escribió esto era un mentiroso?
- ¿O era un cojo de pega para dar pena y llevarse a la cama a todas las chicas de la discoteca?

En fin. Si crees ser un/@ mentiros@, miénteme, y dime que no me has sonreído ni una sola vez al leer esto.
Por el contrario, si eres coj@, ya sabes: di siempre la verdad, excepto cuando creas tenerla.

domingo, 27 de julio de 2008

Indispensable no olvidarte nunca que el lunes siempre irá a por ti

En el momento en el que se inicia un nuevo día, toda la maquinaria del interior de tu cabeza ya empieza incesantemente a funcionar... Por eso, en muchas ocasiones, es típico comprobar que la mayoría de personas necesitan estar en modo "Standby" nada más levantarse de la cama... Algunas, incluso, aprovechan ese modo automático de hacer las cosas de una manera realmente monótona... Por ejemplo, yo, sin ir más lejos, tengo un programa para saludar cada mañana sin apenas abrir la boca. Este consiste en decir…

"Buenos días, ¿cómo habéis dormido esta noche? ¿Hace sol, lluvia hoy?, ¡Qué magnífica mañana! Hoy comeré tostadas con algunas de esas magdalenas tan tiernas…"

… abreviándolo inteligentemente de esta manera …

"Mmmmm…"

Resulte o no efectivo, mi mente –al igual que las de muchos-, a veces, no está para muchas historias por la mañana, sobre todo los lunes, claro. Por ello es vital que el cerebro, consumidor impecable del más del 20% de energía total de nuestro cuerpo, no se quede sin pilas en ningún momento, pues es él el encargado de que no alternemos un calcetín de cada color, de coger las llaves al salir de casa o de recordar que sí, que ciertamente sí es lunes, con todas las consecuencias que conlleva.

Porque existen los lunes. Vaya si existen… Y aunque no fue mi intención, en uno de esos días fatídicos para la humanidad, olvidé activar el salvapantallas en las dependencias de mi cerebro mientras aún procesaba los datos de las cosas indispensables que realizo cada día. El resultado, como os podéis imaginar, fue catastrófico: salí de casa dejando el televisor y la luz del comedor encendidas. Esto podría haberme ocurrido un sábado o un domingo, pero no: se trataba de un lunes. Y supe que lo era porque, ya en la calle, entre otras cosas, justo antes de coger los ferrocarriles, me vino la doble torpeza de olvidárseme el bono en casa, y queriendo solucionarlo, bloqueé por error la tarjeta de crédito en la máquina de billetes.

Por fortuna, ya concienciado en ahorrar energía matutina, también existen los jueves. Con ligera monotonía, y habiéndole comentado con gracia mi caso, una empleada de mi sucursal bancaria soltó, de pronto, una descomunal risa, cuando le aseguré que ya me estaba tomando vitaminas para la memoria. Aunque parezca mentira, fue ella quien me desbloqueó, con su simpatía, el resto de aquélla semana.

martes, 24 de junio de 2008

Verbénate siempre que tengas ocasión (y no seas petard@)

La diversidad de colores, ya estén escampados hoy por el cielo o formando complejos mosaicos por cualquier plaza de la urbe desde anoche, siempre han significado, con motivo de la verbena de San Juan, los ánimos sonoros de la renovación, una oportunidad única de desechar lo viejo haciéndolo de la mejor manera posible: ¡al fuego con todo!

Es la celebración de un solsticio lleno de energía en la que nos valemos verdaderamente como humanos; el hecho de estar dispuesto a compartir y reír en una noche llena de júbilo, y creer que volvemos a ser rebautizados de nuestro pasado arrojándolo sin contemplaciones a la hoguera. Porque todos estamos en el presente. Multitud de explosiones suenan hoy, precisamente para recordarnos que seguimos aquí, con nuestras historias, obsesiones y complejos, y que el valor de aquellas personas que anoche se atrevieron a salir a disfrutar, pueden ahora contar (si ya están despiertos o si aún apenas han dormido) que hicieron algo simbólico hace unas horas para mejorar sus vidas.

Lo que trato de decir es que no hay nada que impida creer que hoy no es un buen día. Ni mañana, ni pasado mañana, ni la semana que viene en la que posiblemente conocerás a los padres de tu chic@, o recibas la sorprendente noticia que tu novi@ te deja porque le asuste las relaciones serias y le presentes un buen día a tus padres. Porque todos los días son buenos días. Es una de las primeras cosas que nos enseñan cuando somos pequeños. Pero antes de decírselo a los demás, ten el detalle, al levantarte, de recibir ese deseo de ti mism@. Al menos, sé optimista por educación, y no pierdas la oportunidad de disfrutar los días que podrías perderte por un fallo en tu despertador.

domingo, 8 de junio de 2008

¿Yo?... De donde los Estopa


Lo miro quizás con añoranza, cuando conozco a alguien y entre los dos, se desvelan incansablemente multitud de aspectos de nuestras vidas desconocidas...

-Hola, me llamo tal, tengo tantos años, me gusta el cine, charlar con los amigos, y sobre todo, me gusta la tortilla de patatas poco hecha...

Y hasta aquí todo bien. Luego se empieza a complicar las cosas…

-Sí, sí, muy bien... ¿Pero de dónde eres?
-Soy de Cornellà de Llobregat- respondía yo orgullosamente.
-¿De dónde? Pero... ¿Dónde está eso?

¿Cómo qué “eso”? ¿Qué quiere decir con "eso"? ¡Pero si toda Barcelona y parte del mundo entero conoce mi adorable ciudad! Eso que llamas “eso”, está… está… ¡Cáspitas!
Al final, tengo que adaptarme irremediablemente a los nuevos tiempos y acabo diciendo...

-¿Yo? ¿Que de dónde soy? Por favor... De donde los Estopa...
-¡Ah! ¡Qué guay! ¡Me gustan los Estopa! Yo vivo en…aquel sitio, por encima de…
-No, no me suena dónde puede estar… “eso”

Porque yo lo valgo ;)

lunes, 28 de abril de 2008

¿Cuántas personas en el mundo se están divirtiendo en este momento?

La felicidad es el momento en el que se desvía la atención de los pensamientos (muchos de ellos, frecuentes) que más empujan al sedentarismo mental. Porque solemos pensar mucho, y en ocasiones, mal. No se puede ser feliz mientras se piense mal. Por lo tanto, en vez de torturarnos innecesariamente, es preciso que busquemos alternativas. Y la mejor es, sin duda, ver las cosas desde otra perspectiva.

¿Qué cómo lograrlo? Sencillo. Lo primero que se debe tener presente es que no se trata de llegar a ser tan feliz como una perdiz. No conozco a ninguna perdiz contenta, ni mucho menos a una perdiz contenta después de pasar por los hornos de una cocina. De lo que se trata es ser soportablemente feliz, para el día a día.

El juego consiste en cambiar hábitos rutinarios, de realizar la tarea que tenemos que hacer todos los días de una forma poco habitual. Por ejemplo: de camino al trabajo, las compras, de ir o venir a buscar los peques del colegio… puedo toparme con alguna escalera, alguna rampa, algún semáforo en rojo, da igual… algo, en definitiva, que sirva de excusa para soltar nuestra imaginación y ponernos manos a la obra.

Puedo subir o bajar correctamente los escalones de una escalera o una rampa, con el cuerpo rígido, sin ningún tipo de aliciente, o puedo hacerlo de manera que resulte más ameno, como dando saltitos, en zigzag, de dos en dos, cantando “La chica Yeyé”, de Concha Velasco (para los chicos) o “Macho Macho Men”, de Village People (para las chicas)… Puedo contar los coches azules que pasen mientras el semáforo en rojo, o inventarme para mis adentros la retransmisión de una carrera de Fórmula 1 (hay muchos conductores que no necesitan competir con Fernando Alonso), en lugar de maldecir al monigote para que se vuelva verde.

La cuestión es que si jugamos con nosotros mismos, los demás también querrán jugar con nosotros. En términos de sociabilidad significa que cuanto más feliz nos encontremos con nosotros mismos, más recibiremos de la gente, puesto que sonreír es el camino más corto y efectivo de comunicación entre las personas.

Así que, saca a tu niño o niña interior. ¡Diviértete!, juega, gasta bromas a tus compañer@s y amig@s, cuenta chistes… y, sobre todo, no te avergüences en absoluto. Hay muchísima gente que está deseando verte sonreír.

domingo, 27 de abril de 2008

¡No me mováis, por mis estalactitas!

De pequeño, me encantaba dibujar. Cada día, cogía un folio y antes de que me viniera algún motivo para hacerlo, empezaba a esbozar con el lápiz figuras que en principio, nadie podía reconocer. Sin embargo, después de unos minutos, aquéllo tomaba forma… un árbol, un arbusto, un riachuelo, un amanecer… Siempre elementos presentes en la naturaleza.

Curiosamente entonces, mis modelos eran unos puzzles muy sencillos de hacer pero que me inspiraban mucho al dibujar. Intentaba reproducir exactamente los elementos que en ellos contenían; la división de espacios, la proporción, las sombras… todo fui perfeccionándolo de manera asombrosa.

Aquellos puzzles eran imágenes de dibujos de Walt Disney. Era mi ídolo de la infancia. Quería ser como él, no había nadie entonces que lo superara en talento.
Luego te vas enterando de ciertas cosillas. Walt Disney ya estaba muerto mucho antes de que yo supiera quién era. Que los dibujos que veía en la tele, no estaban sacados de su imaginación, sino de la compañía que dejó como legado. Y lo más natural… Que el hombre había sido congelado para volver a la vida un siglo después, cuando la medicina fuera capaz de curarle.
Esto, a los diez años de edad, cuando aún todo representaba ser una fantasía, era natural. ¡Con los tiempos en los que estamos, por favor…! , pensaba. Y veía el Renault 25, que era considerado como una especie de Kit de El Coche Fantástico, pues se extendió el rumor que sabía hablar… Guau, ¡qué alucine! ¿Eso puede hacer ya las máquinas? ¿Por qué no congelar a alguien?

Todo esto, y más cosas, me llevaron a un pronunciado interés por la ciencia. Después de matar algunos insectos (¡total, van a revivir, qué más da matarlos!), los ubicaba discretamente en el congelador. Eso, o los colocaba en cajas de zapatos con cubitos de hielo, aunque no funcionaba tan bien. A medida que pasaban los días los bichitos estaban más tiesos aún… Y a más de uno se le rompían las patitas de tanto moverlos, para comprobar en ellos algún rastro de vida. Algo, estoy seguro, salió mal. Quizás les mató definitivamente el olor a pescado.

El caso es que, un porrón de años después, sigo conservando (conservar=frío) mi pasión por dibujar. Me dedico profesionalmente a ello, aunque sea otro tipo de dibujo más técnico. Igualmente, me gusta muchísimo dedicarme a ello. Y mi pasión por Walt Disney está intacta. Me llenó muchísimo, alimentó mi creatividad y es parte de lo que soy hoy en día.

viernes, 25 de abril de 2008

¡Exclusiva!

Es una faena ser famoso, ni os lo imaginais. De aquí para allá, firmando autógrafos, respondiendo a los paparazzis en plena calle mientras voy a comprar el pan..., soportando día a día los interminables besos de las ancianitas de mi barrio... No se puede vivir así, hombre... No me pagan tanto…

Y todo porque me lié accidentalmente con una que salía en la televisión, que a su vez relataba que era hija de aquel otro, el también famoso no sé qué…, ni flowers; y éste, por su parte, que se hizo famoso por enterarse de que un célebre actor de su época se lo montaba con la novia de un hombre que no era conocido, pero que su padre había trabajado vestido de Pato Donald como gigoló, y que le venía a ver una tiparraca de muy mala reputación, ya que venía a hurtadillas al local, al anochecer, porque su pobre marido, según ella, nunca le mostró cariño mientras le chupaba en la intimidad un sabañón que tenía en el pie derecho.

Pero he de sobrevivir. De tanto en tanto, voy recorriendo los platós de televisión de todo el país. He de hacerlo. Cada año, al menos, cambian los bizcochitos de las máquinas expendedoras de las salas de espera, están buenísimos… Aunque también, todo hay que decirlo, siento la necesidad de contar mi vida… Sí, sí, cómo oís… Qué fuerte, ¿verdad? Total, no es que a nadie le interese… Más bien se deba al hecho de que son de esas cosas que las marujas y no tan marujas ven para tener la tele encendida y ahorrarse el esfuerzo de tener que apagarla.

Luego todo surge por sí solo. Me refiero a estar en antena. Todo resulta ser más natural cuando actúo. Tengo amigos, incluso, que me felicitan a través de los sms que aparecen de tanto en tanto en pantalla… Y lo hacen con más intensidad cuando María Patiño saca como una leona su vena y decide atacarme… ¡Vamos, Patiño, soy todo tuyo, destrózame! Uhmmmm! Esta mujer me pone de veras…

No sé qué opinan ustedes. Otros dirían que vivo del cuento… ¡No, no, señores! ¡Vivo de lo que ustedes me dan!

miércoles, 23 de abril de 2008

La suerte que tuviste...

Fíjate: ahí estás, ¿quién lo diría, verdad, hace unas semanas? Y no creo que haya sido por mera casualidad. Ni siquiera aquella vez en la que nos vimos implicados en una absurda broma, artificiada por el listín de la clase, de robar las tizas de colores, para que la profesora no pudiera explicarnos de nuevo la diferencia entre el sujeto y el predicado. Ni cuando te libraste, por sorpresa, de empaparte con un cubo lleno de gelatina que previamente habíamos colocado encima de una puerta a medio abrir. Ni mucho menos, ahora puestos a rememorar, de cuando entraste a aquella pelirroja, ¿recuerdas?, y te fuiste con ella a dar un paseo romántico a la luz de las estrellas, cuando los de la pandilla estábamos convencidos que ella estaba fuera de tus posibilidades. Lo tuyo no es fruto de la casualidad, hay algo que te salva de todo en el último minuto, aun antes de que empiece a correr el tiempo.

Siempre has tenido suerte. Sí, eso es: suerte. O ella, mejor dicho, te ha tenido siempre a ti, para contar contigo cuando el destino no te era propicio. Y fíjate ahora. Has pasado por mucho, lo sé; considera esto como una recompensa a todo tu esfuerzo, a todas tus ganas por salir adelante. La fortuna, desde luego, te ha reído siempre, incluso en los peores momentos. Porque sabes muy bien cuáles han sido tus buenos momentos, o quizás debiera decir que sabes muy bien cuáles han sido los momentos menos buenos.

Qué bueno. Hace unas semanas tuviste un accidente muy grave. Te sacaron con vida de milagro, aún conservando el pulso entre un amasijo de hierros. Hoy, por suerte, sigues vivo. Y lo mejor de todo: conservas tu astuto sentido del humor intacto. Incluso te atreves a tirarle los tejos a una enfermera. Y le recalcas que cuando te traigan la silla de ruedas vas a perseguirla por todos los pasillos hasta que salga contigo.

Sin embargo, cuando te traigan la silla de ruedas, amigo mío, ya no hará falta que permanezcas en el hospital, por lo que me han asegurado los doctores. Tendrás que hacer muchísimas sesiones de rehabilitación, y gracias a una nueva iniciativa, vas a ir de ciudad en ciudad (despacito, eso sí), de visita por los institutos para relatar tu historia.

Tú has tenido suerte, amigo mío. Siempre la has tenido. La pelirroja que te ligaste aquella noche, en cambio, murió. Ibais los dos sin casco, y apestabais a alcohol. Cuando se os vino encima aquella curva tan cerrada, perdiste el control y la chica salió despedida. A ti se te vino la moto encima de tus piernas y perdiste para siempre la movilidad.

Sabes muy bien cuáles han sido los momentos menos buenos en los que la suerte estuvo a punto de olvidarse de ti. Y sufres por ello, lo sé. Todos hemos sufrido por ello. Por eso tú sabes mejor que nadie que quizás la suerte no es el único factor para seguir con vida.

domingo, 20 de abril de 2008

Mi mascota es un marciano con un CI de 360

Se llama Irília, un marciano procedente del planeta Tcereturiplibión, a 200.000 años luz de nuestro planeta, Irlhadia. Y no es el único extrairlhadianense que podemos encontrar aquí, aunque sí de los más listos. Mucho antes que él, hace milenios, vinieron varios individuos, entre ellos, por ejemplo, se hallaba Pephélia, un entonces joven intelectual llamado hoy en día Manuel Fraga; o Majúlia, una exuberante fémina marciana apodada aquí como Marujita Díaz; o Anália, una bióloga por fortuna sin ejercer, nombrada aquí como Anita Obregón. Las viejas generaciones continúan dando guerra.

Sin embargo, mi mascota no quiere de ningún modo ser famosa. Dice que le estresa, que prefiere hacer problemas de mecánica cuántica mientras hace el pino, que le gusta ir con bambas a las conferencias sobre el cambio climático, que le gusta comer bocadillos de estofado de garbanzos mientras toca él solito la 5ª sinfonía de Beethoven, o realiza sudokus de nivel extra-súper-mega avanzado mientras ve los programas del corazón, que ya es difícil.

Mi marciano es un marciano cojonudo, un marciano de vida normal, y le quiero por ser tal y como es. Le saco a pasear tres veces al día, nos vamos a ver los grandes pipicans de la ciudad, los lugares perfectos para ligar, no sin mi orinal bajo su brazo, para los momentos en los que me dé apretones, ya sabéis...; salimos a correr juntos, él me tira un palo y yo, sin problemas, voy corriendo a recogerlo... Y sabe perfectamente, al mover mi colita, qué chica me gusta... Se trata de una relación muy compenetrada.

Irlhadia es un mundo perfectamente limpio y organizado. Nos gusta la limpieza, nos gusta ver todo como el primer día. Sin embargo, en una de nuestras visitas por la Tierra, quedamos paralizados por la actitud de muchas mascotas que eludían la obligación moral de recoger los excrementos de sus dueños, y a su vez, éstos, sin ningún tipo de pudor, consentían.

Irília lo tiene claro. Él también me quiere. Por eso siempre me cuida, me protege, y es plenamente consciente que mañana volveremos a dar otro paseo por los mismos lugares en que lo hemos hecho hoy. Y ¿quién sabe?... A lo mejor mañana, en un seductor arrebato, dejo la timidez a un lado, me lanzo y le digo algo...

sábado, 19 de abril de 2008

Tópicos absurdos de los powerpoints

Los amigos constituyen una fuente muy diversa de emociones. Son claros, transparentes, te dicen las cosas -buenas o malas- de algo que has pensado o hecho. Un buen amigo nunca te aconseja, sino que te escucha, te presta su hombro si fuera necesario, y te seca las lágrimas. La vida sería realmente oscura si cada uno fuera a la suya.
Afortunadamente, en mayor o menor medida, todos tenemos amigos. El que dice que no los tiene, es porque se ha olvidado de ellos, o los desprecia. Y son estos amigos quienes hay que cuidar, porque ellos no reparan en decirte, y aún más fulminante: en demostrarte, que te quieren mucho, que una vida sin tu amistad sería totalmente distinta.
Y aunque no exista una conexión física en determinados momentos entre ellos y tú, siempre queda el recurso de las llamadas telefónicas, de los sms o... el recurso de escribir a tu correo electrónico. Éste, sin duda, es el método más disparatado e inverosimil de los aquí mencionados.
Un amigo o un conocido que te aprecia, al menos una vez por semana, te mandará presentaciones powerpoints que ilustren lo maravilloso que es la amistad, lo ratificará con citas de personajes célebres hablando del tema, y mientras suena en bucle la melodía de John Lenon "Imagine", irás pasando muchísimas imágenes (eso sí, espectaculares) de la naturaleza, en un afán de encontrar en alguna de ellas algo que realmente despierte tu interés...
Y por fin, llegas a la última. Es el momento de las amenazas. Resulta extraño escuchar dicha canción cuando te avisan que si no mandas ese archivo como mínimo a 10 personas más (incluído la persona que te lo mandó), tu vida será triste, desolada, y lo peor de todo: te quedarás sin amigos.
Así que ¡reacciona! Revisa tu email, y llama por teléfono a aquel amigo o aquella amiga que hace tiempo te mandó uno y aún no has contestado. Quedad, veros, reiros junt@s, pasadlo bien... No des la oportunidad de que te echen de menos las personas que te quieren, ni mucho menos que tengas que recurrir a mandar este tipo de powerpoints para decirles aún menos de lo que un verdadero abrazo os aportaría.

Cómo pedir amablemente a una mosca que no moleste

La mosca. Quizás considerada como el insecto más incordiante e irritante de la faz de la Tierra... Seres estéticamente feos, sucios, y que no les importa ir a la mierda si se les manda. Y lo que es más mosqueante: siempre están cerca de la oreja. Quizás lo hagan inconscientemente, pero para nosotros, los humanos, es verdaderamente desconcertante.

Cómo conseguir que se alejen de nosotros? Uno de las puntos más importantes, y que hay que procurar evitar (por si las moscas), es disfrazarse como tal. Si eres el típico chulito de discoteca, piscina o playa, déjalo, no vale la pena, hay otras formas de ligar, hombre... No atosigues a las chicas con tus zumbidos... porque ya sabrás dónde te mandarán. Y es más: no te debería importar ir.

Una de las técnicas de las moscas es rondar la mesa una vez que los comensales se hayan sentado a comer. Son peores que los aviones japoneses en la batalla de Pearl Harbor. Las hallarás entre la fruta, el pan, las bebidas... Son peores incluso, y fijaros lo que os digo, que el personaje del Chiquiliquatre que ya nos lo podemos encontrar hasta en la sopa... Para evitar esto, no comas delante de ellas, es de mala educación. Espera que se vayan. Y si no lo hacen, ponles el vídeo de Chiquiliquatre y ya verás cómo se van.

Se trata de una relación común en casi todos los animales. Se puede entender entonces que la mosca, ese ser detestable y cosquilleante a veces, es también, paradójicamente, el artrópodo más sociable y amable de la faz de la Tierra. Y esto, indudablemente, a nosotros, los humanos, nos supera con creces.

Porrompompero oh, yeah!

Llevo muchos años dando el cante. Sí, literalmente hablando; lo que salga del interior, vaya... Y si es preciso inventar de nuevo el inglés, se inventa... Qué más da. Lo esencial es, no dar algunos gritos, sino que los que des, lo escuchen en toda la comunidad de vecinos.

Cuando era pequeño, tenía verdaderas discusiones en casa por mi afición a la música. Evidentemente, cantaba y canto fatal. De ahí que incluso hubiera días que "echaba" a mis padres de casa con tal de no oírme... Cuando esto ocurría, lo consideraba una gran oportunidad para mejorar la acústica de mi tortuosa voz...

Sinceramente, me importa un carajo desafinar. Seguro que a mis vecinos, hoy por hoy, no les da igual, aunque ya están acostumbrados. Porque las ventajas de cantar (o intentarlo) son obvias: liberas cantidades grandes de energía negativa (ideal para los días poco afortunados), accionas tu sentido del humor, reduces el estrés, activas el sistema inmunológico y cómo no... te lo pasas pipa!, sobre todo si acompañas tu actuación con bailes y caras extrañas simulando que estás ante un gran público... Sí, como cantar el famoso Porrompompero de Manolo Escobar pero añadiendo guiños a tus fans... ¡Oh, yeah, baby!

Así que, tanto si hoy tienes un mal día como si no, ¡dále un final glorioso! Resérvate un tiempo para ti, enciérrate en una habitación -en el lavabo hay muy buena acústica- y ponte a cantar. También puedes hacerlo mientras realizas algún trabajo, se te hará más ameno...

Hasta el próximo concierto!