domingo, 20 de abril de 2008

Mi mascota es un marciano con un CI de 360

Se llama Irília, un marciano procedente del planeta Tcereturiplibión, a 200.000 años luz de nuestro planeta, Irlhadia. Y no es el único extrairlhadianense que podemos encontrar aquí, aunque sí de los más listos. Mucho antes que él, hace milenios, vinieron varios individuos, entre ellos, por ejemplo, se hallaba Pephélia, un entonces joven intelectual llamado hoy en día Manuel Fraga; o Majúlia, una exuberante fémina marciana apodada aquí como Marujita Díaz; o Anália, una bióloga por fortuna sin ejercer, nombrada aquí como Anita Obregón. Las viejas generaciones continúan dando guerra.

Sin embargo, mi mascota no quiere de ningún modo ser famosa. Dice que le estresa, que prefiere hacer problemas de mecánica cuántica mientras hace el pino, que le gusta ir con bambas a las conferencias sobre el cambio climático, que le gusta comer bocadillos de estofado de garbanzos mientras toca él solito la 5ª sinfonía de Beethoven, o realiza sudokus de nivel extra-súper-mega avanzado mientras ve los programas del corazón, que ya es difícil.

Mi marciano es un marciano cojonudo, un marciano de vida normal, y le quiero por ser tal y como es. Le saco a pasear tres veces al día, nos vamos a ver los grandes pipicans de la ciudad, los lugares perfectos para ligar, no sin mi orinal bajo su brazo, para los momentos en los que me dé apretones, ya sabéis...; salimos a correr juntos, él me tira un palo y yo, sin problemas, voy corriendo a recogerlo... Y sabe perfectamente, al mover mi colita, qué chica me gusta... Se trata de una relación muy compenetrada.

Irlhadia es un mundo perfectamente limpio y organizado. Nos gusta la limpieza, nos gusta ver todo como el primer día. Sin embargo, en una de nuestras visitas por la Tierra, quedamos paralizados por la actitud de muchas mascotas que eludían la obligación moral de recoger los excrementos de sus dueños, y a su vez, éstos, sin ningún tipo de pudor, consentían.

Irília lo tiene claro. Él también me quiere. Por eso siempre me cuida, me protege, y es plenamente consciente que mañana volveremos a dar otro paseo por los mismos lugares en que lo hemos hecho hoy. Y ¿quién sabe?... A lo mejor mañana, en un seductor arrebato, dejo la timidez a un lado, me lanzo y le digo algo...

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