domingo, 27 de abril de 2008

¡No me mováis, por mis estalactitas!

De pequeño, me encantaba dibujar. Cada día, cogía un folio y antes de que me viniera algún motivo para hacerlo, empezaba a esbozar con el lápiz figuras que en principio, nadie podía reconocer. Sin embargo, después de unos minutos, aquéllo tomaba forma… un árbol, un arbusto, un riachuelo, un amanecer… Siempre elementos presentes en la naturaleza.

Curiosamente entonces, mis modelos eran unos puzzles muy sencillos de hacer pero que me inspiraban mucho al dibujar. Intentaba reproducir exactamente los elementos que en ellos contenían; la división de espacios, la proporción, las sombras… todo fui perfeccionándolo de manera asombrosa.

Aquellos puzzles eran imágenes de dibujos de Walt Disney. Era mi ídolo de la infancia. Quería ser como él, no había nadie entonces que lo superara en talento.
Luego te vas enterando de ciertas cosillas. Walt Disney ya estaba muerto mucho antes de que yo supiera quién era. Que los dibujos que veía en la tele, no estaban sacados de su imaginación, sino de la compañía que dejó como legado. Y lo más natural… Que el hombre había sido congelado para volver a la vida un siglo después, cuando la medicina fuera capaz de curarle.
Esto, a los diez años de edad, cuando aún todo representaba ser una fantasía, era natural. ¡Con los tiempos en los que estamos, por favor…! , pensaba. Y veía el Renault 25, que era considerado como una especie de Kit de El Coche Fantástico, pues se extendió el rumor que sabía hablar… Guau, ¡qué alucine! ¿Eso puede hacer ya las máquinas? ¿Por qué no congelar a alguien?

Todo esto, y más cosas, me llevaron a un pronunciado interés por la ciencia. Después de matar algunos insectos (¡total, van a revivir, qué más da matarlos!), los ubicaba discretamente en el congelador. Eso, o los colocaba en cajas de zapatos con cubitos de hielo, aunque no funcionaba tan bien. A medida que pasaban los días los bichitos estaban más tiesos aún… Y a más de uno se le rompían las patitas de tanto moverlos, para comprobar en ellos algún rastro de vida. Algo, estoy seguro, salió mal. Quizás les mató definitivamente el olor a pescado.

El caso es que, un porrón de años después, sigo conservando (conservar=frío) mi pasión por dibujar. Me dedico profesionalmente a ello, aunque sea otro tipo de dibujo más técnico. Igualmente, me gusta muchísimo dedicarme a ello. Y mi pasión por Walt Disney está intacta. Me llenó muchísimo, alimentó mi creatividad y es parte de lo que soy hoy en día.

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