domingo, 30 de noviembre de 2008

Productos televisivos: Intro


Apagad el televisor. Apagad, incluso el standby, el piloto de luz que muchos utilizan de referencia en medio de la oscuridad para imitar a Carolyn, la niña de Poltergeist y encontrar así el camino hacia el sofá. Y es que, si no hay nada que ver, ¿para qué tenerla encendida? Al menos, ahorraremos un 15% de energía eléctrica anualmente en las facturas tan sólo por no dar coba a algunos programas que parecen reírse de aquéllos que los ven y de los que, seguro, ni se molestan en ver. Porque hay personas que se quedan paralizadas delante de este fatal electrodoméstico simplemente por ver algo, porque se supone (y lo subrayo como una hipótesis) que dentro de unos minutos empezará su programa favorito, o porque simplemente están tan consumidos por la llamada telebasura que son incapaces de agarrar el mando a distancia y cambiar de canal. Es un efecto dominó, en el que muchos hayan quedado anclados en su sillón, que el sillón sea una extensión del cuerpo, y que se trate de adivinar con la mente cuál va a ser, durante las pausas publicitarias, el anuncio que vendrá a continuación.

De hecho, a todos nos ha pasado alguna vez. No estoy muy seguro de lo que acabo de escribir, aunque me solidarizo con aquéllos que sí les ha ocurrido. Quizás sea el aburrimiento, quizás la mala indigestión de la cena de anoche, quizás el fuerte magnetismo (y en su caso, el físico) del presentador o la presentadora que nos seduce para quedarnos absortos en un mundo irreal… El caso es que, en mayor o menor medida, en alguna ocasión, nos hemos tragado un programa digno para ser parodiado.

Inicio, así, una serie de capítulos referente a productos televisivos vistos con un toque de ironía y humor, para que seáis vosotros los que tengáis verdaderamente el mando, y no las diversas cadenas que es capaz de recibir vuestro televisor.

¡Que vuestras neuronas os acompañen!


Próximamente, en el Capítulo I…
Productos televisivos: Gane 3000€ demostrando que usted no es tonto aunque lo parezca
¡No se lo pierdan!

domingo, 9 de noviembre de 2008

El infiltrado (I)



Antes de que mis padres sospecharan algo, yo ya estaba embarazado de ellos; por lo menos antes de los quince minutos previos de tomarse la última cerveza e, instantes después, disfrutaran al máximo de una noche pasional, porque obtuve una beca para reencarnarme y era el momento oportuno para hacerlo, aunque nadie me dijera entonces exactamente en qué. Por ese mismo motivo, involucré mi código de ente a hurtadillas en las listas de nacimientos generales, y al azar, escogí ser parte de la especie humana, por elegir algo que se saliera de lo típico, nada más, por probar haber qué tal.

La verdad es que no conocía nada de estos seres tan peculiares. Tenía la experiencia, sin embargo, de un amigo que se reencarnó en hombre, y parece que le fue bien. Allí arriba no se hablaba de otra cosa. Fue todo un fenómeno de ánimas en pena, por decirlo de alguna manera. De un lado a otro, se subía a los escenarios con su guitarra enloqueciendo a quienes iban a verle. De aquí para allá, moviendo su pelvis de manera sobrenatural. El Rey, lo llamaban. Lo chungo es que por creer serlo, nunca superó su adicción a las drogas, y… digamos que dejó de cantar, aunque aseguran que lo hace aún hoy en secreto, como Aznar con el catalán, en algún rincón del mundo, pero bueno, esa es otra historia… Sea como fuere, los humanos, como tal, tienen derecho a equivocarse. En mi caso, no sólo mi futuro padre, como humano que es, se llevó una enorme decepción cuando se enteró que iba a tener un nuevo pimpollo al que alimentar, sino que, además, yo iba camino a convertirme en uno. De hecho, no es que me llamara mucho la idea de salir por un tubo y pegarme la corrida del siglo –fíjate tú, nunca mejor dicho- huyendo de no sé el qué, lo que ocurre es que, por azar del destino, no calculé muy bien mi decisión hasta que me vi involucrado en tan viscoso terreno. Ni Alien con sus babas, años más tarde, me resultaría tan asqueroso, ni siquiera Carmen de Mairena, que ya son palabras mayores. Eso sí, sólo una cosa: le deseo mucha salud a Berlusconi, porque si llega el día que coja un catarro y estornude, nada podrá evitar que los kilómetros de piel que conforman su cara se suelten e inevitablemente seamos testigos de las arrugas que ha preferido guardarse todos estos años por el camino. Esto sí que superaría todos mis esquemas.

Pero lo cierto es que fui el espermatozoide más abstemio y rápido de toda mi generación, a pesar que mis miles de compañeros prefirieron ir durante gran parte del trayecto cantando el Asturias patria querida, que era la sintonía de cierre que mi padre utilizaba cada vez que había conseguido algo de mi madre en la cama. Al igual que a ellos, a mí tampoco me hacía gracia llegar el primero, pero ¡joder! no había quién los soportara, así que era momento de acelerar el paso, aunque sólo fuera por perderles de vista un rato. A lo hecho, pecho. Después de diez horas ininterrumpidas sin avituallamientos de ninguna clase ni diploma o chupitos sin alcohol para celebrarlo, llegué al óvulo, y no sólo mi padre iba a arrepentirse próximamente de ello, sino que fue aquí donde comenzó la historia de mi vida.

Yo mismo fui testigo de mi evolución dentro del útero de mi madre. Aunque aquello estaba oscuro, tenía todo lo que necesitaba: comida, bebidas gratis… ¡Vamos, de fábula! Viviendo de la sopa boba, vaya, lo mismo que cuando se llega a adulto en este país. Y lo mejor de todo: durante nueve meses iba desnudo por toda la placenta, sin tener que dar explicaciones a nadie. Además, me divertía escuchar la tele o la radio con mi madre, aunque sólo fuera en codificado, y recibir atenciones de todo el mundo. Nunca antes había sentido tanta felicidad, ni siquiera cuando me divertía en dar patadas cada vez que alguien acercaba su oído al vientre de mi madre. Qué tiempos aquéllos. Esto de ser humano no parece ser tan malo, al fin y al cabo, pensé.

Sin embargo, no podía estar más equivocado…

(continuará…)
La segunda parte se publicará en la primera semana de diciembre...

sábado, 1 de noviembre de 2008

Devolución de las especies
Ya sabe, si no queda satisfecho y ese rollo… (y II)


Es posible que el género humano esté especializado en las relaciones sociales, algo sin duda sumamente importante a la hora de buscar algo y comunicarlo a otra persona para hacérselo saber. Pero si una cosa es cierta es que los hombres y nuestro sentido de sociabilidad, se encuentra a mil años luz de las verdaderas protagonistas. Cómo no, las mujeres. Ellas han regido, de una manera u otra, el curso de la historia, así como la finalización o el perdón de ciertos programas televisivos, y esto no sólo las convierte en las más inteligentes, sino que además supone el descomunal esfuerzo, por parte de los hombres, de tratar de adivinar las acciones que llevan a cabo.

Basta que una mujer diga una palabra para hacerle saber a otra mujer qué es lo que quiere, aportando a ello toda clase de detalles, desde el color de un vestido hasta la marca íntima de su sostén. El concepto es bien sencillo: son capaces de comunicarse con la mirada, por los gestos, por la expresión de las palabras, incluso por el corte de pelo, y ello aporta una biblia de información muy poderosa; algo que los hombres, sin ninguna duda, estamos de igual forma dotados, aunque nosotros nos preocupemos por otra clase de dotes humanas y, por qué no decirlo, sobrehumanas, para volverles tontas durante un corto período de tiempo. Por esta razón hay más féminas de cara al público, y ojo al dato: las mujeres de los empresarios lo saben.

Tener amigas que te ofrezcan ir de tiendas con ellas, al principio, era novedoso para mí. No sólo por la experiencia, que siempre es de agradecer, sino también porque gracias a ello he aprendido a sentirme mejor conmigo mismo; me tomo las cosas con más calma y mi karma seguro está llena de colorines si no fuera por el enorme derroche de energía que supuso entonces inmortalizar mi santa paciencia en los vestuarios de las principales firmas de ropa femenina. Es aquí donde realmente se comprueba que sus capacidades sociales con el resto de la humanidad son efectivas, ¿y por qué? Porque se encuentran solas dentro de un habitáculo en el que hay tres perchas (una de ellas. rota) y un taburete de madera absortas en probarse cosas sin parar mientras tú estás fuera, en frente de su puerta, apoyado en la pared de en frente de su puerta al igual que una larga fila de hombres que llevan dos horas haciendo lo mismo que tú. Aún recuerdo mi primer día de vestuario:

-¿Qué? ¿Mucho tiempo esperando?
-Dos horas ya, pero eso es poco... La semana pasada estuve aquí cinco. ¿Eres novato?
-Estoy acojonado. Mi primer día. ¿Algún consejo?
-Sí. No se te ocurra opinar; es decir, cuando ella abra esa puerta y te pregunte cómo la encuentras, dile de todo menos la verdad.
-¿Y si lo que lleve puesto le queda bien?
-Tranquilo, entonces no saldrá a preguntarte.

En aquel momento, una voz nerviosa y desgarradora llamó la atención de mi compañero de fatigas. Era su novia, su mujer o su amiga, en conexión directa desde su refugio nuclear, amenazando al pobre chico que entrara ipso facto a ajustarle la cremallera trasera de su vestido, si no quería que esa noche durmiese en el sofá. Así que, muy dispuesto, entró, sumido en gritos e insultos dirigidos a no sé qué modisto italiano… Desgraciadamente, esa fue la última vez que supe de él. No volví a verlo más.

Mi amiga, como amiga, no se prestaría a abrir la puerta y pedirme que le subiera ninguna cremallera. Primero porque eso sólo ocurría en mis sueños, y segundo porque los pantalones que fue a probarse eran todos, y a mi pesar, de botones. Maldita sea. Lo que sí me pidió (eso sí, con exquisita elegancia) era que demostrara otra de mis funciones como acompañante masculino: cambiar por otra talla la prenda que colgaba por encima de la puerta. Claro… ¡cómo si fuera tan fácil acordarse de dónde habían salido! ¡Y pobre de ti como le trajeras unos equivocados! Peor aún… ¡Pobre de ti como pasases mucho tiempo fuera estando ella en bragas a solas con un espejo que no la conocía de nada y no se cortaría en decirle lo que él veía de ella! ¡Vamos, cómo si yo tuviera la culpa de que esa misma tarde se comiera una gran cantidad de Ferreros Rocher! Pero claro… Hazle entender tú a una chica que Isabel Preysler no se comía la bandeja año tras año y pudiera conservar ese tipo como si nada. La fama cuesta… Y los Ferreros también.

Menos mal que las indígenas de los centros comerciales te siguen a todos lados. Así que, como no había opción de escapatoria alguna, decidí preguntarle:

-Perdone, ¿sabe dónde puedo encontrar una talla mayor de este pantalón?
-Esto… Está usted en la sección de electrodomésticos, caballero… La sección de ropa está dos plantas más arriba…

¿Dos plantas más arriba? ¡Caray! ¡Si es que abruma tanto cartel anunciando no sé qué de semana fantástica!… ¿Qué quiere decir eso? ¿Acaso se incorpora a la plantilla Harry Potter para trabajar de reponedor? Ya puestos, y refiriéndome en aquella ocasión, no iría mal que, con su varita mágica, le llevara volando los pantalones que ella necesitaba. Eso sí que hubiera sido fantástico…

Al final los encontré. Es decir: con la ayuda de diez dependientas (todas hablando con su novio por móvil menos una que acababa de cortar con él y tenía una mala ostia que no veas), hicimos una batida por la sección de ropa femenina. Precisamente los encontró la empleada despechada, y arrojándomelos a la cara, me sentenció ya por el resto de mi vida:

-¡Si es que todos los hombres sois iguales, coño!

Corriendo sin saber a dónde, desconcertado y maldecido a la vez, logré llegar a los vestuarios. Sólo necesitaba ir hasta el último probador de la veintena que había colocados para arrojarle los pantalones por encima de la puerta y haber superado la prueba del perfecto acompañante masculino. No obstante, un nuevo obstáculo me esperaba. Y es que lo que no me podía esperar era la cantidad de tetas y de culos que vi mientras caminaba hasta el fondo… Intentaba desviar la vista, lo prometo, pero surgían de todas partes, y para colmo, me llamaban pervertido simplemente por el hecho de que ellas no hubieran procurado cerrar la puerta… Lo que importaba es que si el mundo se hubiera detenido en ese instante, yo hubiera muerto feliz. Más incluso que comiéndome un Ferrero Rocher.

Al final, salimos todos bien parados. Mi amiga consiguió sus pantalones y contó conmigo en futuros encuentros consumistas, la dependienta parecía haberse reconciliado con su pareja, Harry Potter fichó por Zara, e Isabel Preysler dejó de hacer los anuncios de los bombones porque consideró que ella era en sí un bombón, porque ella lo valía… ¡Ah! Y dicen que, de vez en cuando, en el interior de uno de los probadores, se escuchan las siguientes voces, del todo paranormales:

-Pero Manolo, hijo… ¿Cuándo vas a poder subirme la dichosa cremallera?
-Espera amor, ya casi está… un poquito más...