domingo, 7 de diciembre de 2008

El infiltrado (y II)


Un embarazo es algo maravilloso. Por eso no se han visto más cigüeñas de esas que traen bebés a domicilio por casa, por culpa de las “maravillosas” propinas que recibió la última después de haberse dado el gran tute viajando sin descanso desde EuroDisney hasta acabar preñando a mi madre. Y para mi padre, claro, la excusa perfecta para decir algo que hacía tiempo ansiaba decir sin temor a futuras represalias:

-Ay, qué gorda estás, cariño… Te pareces al Jorobado de Notre Dame, sólo que la joroba la tienes delante…

Qué cosas. Ella seguiría siendo la niña de sus ojos, por supuesto, la mujer hermosa de la que se enamoró cuando tropezó con ella en el baile de fin de curso…y en el bus, y en la feria, hasta tropezar juntos en la misma cama. Sólo que desde que ella empezara a cambiar hormonalmente, el concepto de hermosa adquiría un significado peculiar y se refería entonces a MUY HERMOSA, que era el fruto del pasar de los años, del chocolate y los polvorones en Navidad. Es decir: no es que pudiera quejarme de ello mientras permanecí en la matriz de mi madre, más bien me beneficié, porque aquello se asemejaba más bien a un campo de fútbol que a otra cosa. Por tal motivo, me entró la risa cuando, una vez nací y adquirí todos los tapujos sociales y enterado ya de la existencia de un tipo llamado Leonardo Dantés, llegué a saber el porqué de algunas personas duermen acurrucados sobre sí mismos, y es porque aún recuerdan, en algún rincón de su subconsciente, el estrecho gueto que ocuparon durante nueve meses. Y yo, que dormía a piernecita suelta... Esto, a mi modo de ver, parece más típico de un anuncio de Ikea que a un embarazo, y no sólo por el hecho de aprovechar al milímetro todos los interiores, sino también, y me refiero a los padres, por el hecho de que aquel tropiezo iba a redecorar para siempre sus vidas.

Aunque lo complicado para mí fue elegir, entre un vasto abanico de genes, mi aspecto físico. Claro, no tenía referencia alguna de lo que se consideraría guapo, ser del montón y feo en el mundo exterior. Sólo de vez en cuando escuchaba desde fuera algún que otro comentario, al venir las amigas de mi madre a verla…

-Ay Dios… ¿Pero segura que el hijo es suyo, chica? No sé qué vio en ti, la verdad…

Lo cual no me aclaraba mucho. De hecho no me aclaraba nada, sólo que esa lagarta no consiguió tropezar con mi padre lo suficiente para conseguir algo de él, ni mucho menos pedirle que tropezara con el hombre o escalón adecuado.

Ante la duda, hice algo muy típico en Navidad. Un sorteo. Así que reuní a todos los genes que fui capaz de encontrar y los distribuí por categorías: color de pelo, ojos, tez, tamaño de las manos, otros tamaños importantes… La idea era perfecta, ya que como yo aún no tenía pelo, pues tenía cierta similitud con el calvo de la ONCE y curiosamente tenía entonces las mismas dimensiones que las muñecas de Famosa… Sólo me faltaba cantar, para rematar la faena, aquello de:

El bebé sin zambomba se dirige al portal,
para hacer llegar a sus padres su cordón umbilical.
Y mientras tanto, en el pesebre,
sonrío porque estoy alegre.

Nacimiento con dolor,
Epidural extinguida:
¡es el mensaje feliz de la cigüeña resentida!

¡Ah y que la suerte os acompañe!

Pero la realidad fue que, años más tarde, las muñecas se equivocaron de camino y fueron a parar a Las Vegas, entrando en un rol de juego, drogas y sexo sin control. Dejaron de salir por la tele y de los casinos, por lo tanto. Y en cuanto al calvo, acabaron por despedirle y a mí nunca llegaría a tocarme en la vida siquiera los números finales de algún décimo, ni tan sólo en las participaciones. Para que luego digan que el espíritu no cuenta…

Los que sí fueron ganadores, fueron los genes que marcarían mis ojos marrones, la piel blanquita, nariz y orejas pronunciadas y cómo no, el apetito devorador de mi madre. Consciente que quizás no me llevé la mejor parte, decidí aceptarlo. De hecho, me encantaba la idea de ser distinto a los demás, y quién sabía… Eso llamaba mucho la atención de las mujeres. Lo importante, al fin y al cabo, era la personalidad. Así que, más feliz que el desodorante de Angelina Jolie, y aprovechando un día en el que mi madre, en sus últimos meses de embarazo, se encontraba sola tejiendo mis primeros calcetines con los colores del arco iris, le hice saber, desde el interior:

-Mami, de mayor quiero ser feo.

Se incorporó como pudo, y dejando a un lado mis futuros calcetines sin acabar, fue ligera al cuarto de baño con los ojos inmersos en un mar de lágrimas, y seguidamente tuvo unas náuseas terribles. Creo que no se lo tomó muy bien. “Qué complejo es esto de ser humano”, pensé. Y es que nací, y aún los calcetines no lograban cubrir los deditos gordos de mis pies.

Porque nací, al fin. Aunque no lo hice con un pan bajo el brazo, sino con un susto. Era tan feo que no necesitaba comer limones para parecerme al Fary, y por un momento pensé que iban a confundirme con la placenta, aunque todavía hoy, décadas más tarde, se pregunten mis padres si eligieron correctamente.

No me importa. Hoy en día las chicas me miran, aunque no lo hagan del mismo modo que yo había estimado. De hecho, todo el mundo me mira cuando camino por la calle, todos excepto mis padres, para fingir que me conocen de algo. Lo que nadie sabe es que me infiltré en las listas divinas, y volveré a hacerlo, por muy feo y desconsiderado que parezca…

3 comentarios:

El iResponsable dijo...

Pues yo lo de ser feo lo llevo muy, pero que muy mal.

Yuria dijo...

Yo creo que hay feos feos y feos guapos. Los feos guapos son esos que sin ser guapos, gustan.
^)

trinchera dijo...

jaaa, muy bueno, y la cara del bebé asusta.

saludos