miércoles, 23 de abril de 2008

La suerte que tuviste...

Fíjate: ahí estás, ¿quién lo diría, verdad, hace unas semanas? Y no creo que haya sido por mera casualidad. Ni siquiera aquella vez en la que nos vimos implicados en una absurda broma, artificiada por el listín de la clase, de robar las tizas de colores, para que la profesora no pudiera explicarnos de nuevo la diferencia entre el sujeto y el predicado. Ni cuando te libraste, por sorpresa, de empaparte con un cubo lleno de gelatina que previamente habíamos colocado encima de una puerta a medio abrir. Ni mucho menos, ahora puestos a rememorar, de cuando entraste a aquella pelirroja, ¿recuerdas?, y te fuiste con ella a dar un paseo romántico a la luz de las estrellas, cuando los de la pandilla estábamos convencidos que ella estaba fuera de tus posibilidades. Lo tuyo no es fruto de la casualidad, hay algo que te salva de todo en el último minuto, aun antes de que empiece a correr el tiempo.

Siempre has tenido suerte. Sí, eso es: suerte. O ella, mejor dicho, te ha tenido siempre a ti, para contar contigo cuando el destino no te era propicio. Y fíjate ahora. Has pasado por mucho, lo sé; considera esto como una recompensa a todo tu esfuerzo, a todas tus ganas por salir adelante. La fortuna, desde luego, te ha reído siempre, incluso en los peores momentos. Porque sabes muy bien cuáles han sido tus buenos momentos, o quizás debiera decir que sabes muy bien cuáles han sido los momentos menos buenos.

Qué bueno. Hace unas semanas tuviste un accidente muy grave. Te sacaron con vida de milagro, aún conservando el pulso entre un amasijo de hierros. Hoy, por suerte, sigues vivo. Y lo mejor de todo: conservas tu astuto sentido del humor intacto. Incluso te atreves a tirarle los tejos a una enfermera. Y le recalcas que cuando te traigan la silla de ruedas vas a perseguirla por todos los pasillos hasta que salga contigo.

Sin embargo, cuando te traigan la silla de ruedas, amigo mío, ya no hará falta que permanezcas en el hospital, por lo que me han asegurado los doctores. Tendrás que hacer muchísimas sesiones de rehabilitación, y gracias a una nueva iniciativa, vas a ir de ciudad en ciudad (despacito, eso sí), de visita por los institutos para relatar tu historia.

Tú has tenido suerte, amigo mío. Siempre la has tenido. La pelirroja que te ligaste aquella noche, en cambio, murió. Ibais los dos sin casco, y apestabais a alcohol. Cuando se os vino encima aquella curva tan cerrada, perdiste el control y la chica salió despedida. A ti se te vino la moto encima de tus piernas y perdiste para siempre la movilidad.

Sabes muy bien cuáles han sido los momentos menos buenos en los que la suerte estuvo a punto de olvidarse de ti. Y sufres por ello, lo sé. Todos hemos sufrido por ello. Por eso tú sabes mejor que nadie que quizás la suerte no es el único factor para seguir con vida.