jueves, 21 de agosto de 2008

Vuelo JK 5022

Iban a sus casas, a pasar las vacaciones, a reunirse con esa parte de la familia que en contadas ocasiones se va a visitar… Iban a vivir, en definitiva. Pero algo falló, y ningún plan era suficiente para librarse de la tragedia. Casi todo el mundo, incluída la tripulación, pereció ayer en un accidente aéreo aún por descifrar. Sólo unos afortunados lograron salvarse, mientras que otros pocos se debaten aún entre la vida y la muerte en una angustia general entre los ciudadanos que no cogimos aquel avión.

Porque lo que nos permite estar vivos o muertos no son las enfermedades o los accidentes que podamos padecer, son las circunstancias de poder contarlo o no. Y seguro que a todos nos hubiera gustado que este vuelo rutinario hubiera pasado desapercibido, que hubiera sido uno de tantos vuelos que despegan y toman tierra horas después, y que la única importancia que se les diera por parte de los usuarios, fuera que, justo después de aterrizar, se averigüara en cuál de las cintas transportadoras iba a aparecer su equipaje. Pero ya no pueden. No pueden por la sencilla razón que este vuelo no ha pasado desapercibido para nadie. Y el destino de casi 200 personas cambió drásticamente en apenas unos segundos.

Para los que consiguieron y consigan sobrevivir, para los familiares de las víctimas, para la sociedad en general, he de decir que estamos vivos. Nosotros sí lo estamos. Y así será siempre y cuando podamos contarlo, siempre y cuando vayamos cumpliendo años, y podamos recuperarnos rápidamente de los posibles contratiempos que nos depare el futuro. Porque la vida nos ha enseñado a no entretenernos en las despedidas como si fuera la última cada vez que salimos de casa, cada vez que se arranca el coche, se coja el tren o se suba a un avión. No pensamos en morir al cruzar el umbral de nuestro hogar, simplemente porque no tenemos miedo –ni pensamos en ello- de no poder regresar.

Y así ocurrió. Quizás los nervios de la primera vez, la sonrisa pícara de algún viajero mientras observaba atento la coreografía de las azafatas antes de despegar, la acción por parte de otros de sacar el móvil y escribir un último mensaje antes que le llamaran la atención… Ellos, definitivamente, no tenían miedo. Sin embargo, la pregunta es:

¿Deberían de haberse despedido más efusivamente?

La respuesta, lógicamente, es no. De la misma manera que se vive, hay un riesgo por ello que nadie puede predecir. Y a menudo surgen oportunidades, ventajas o triunfos que nos alegran siempre la estancia dentro del mundo, como la mujer que obtuvo una plaza fija de profesora e iba a Las Palmas a celebrarlo con sus familiares, pero ¿qué debía haber hecho, quedarse en casa?

Tan sólo lo sabemos ahora, después de lo sucedido, que ese avión debió quedarse en tierra. Posiblemente para su reparación, para su desgüace o para algún fin que la compañía aérea Spanair le tuviese preparado. Pero esa mujer, al igual que, repito, las casi 200 personas que figuraban en las listas de abordo entre tripulación y pasajeros, hubieran cogido otro avión, o quizás no. Quién sabe. El único destino en este mundo es vivir, y ser conscientes de ello.