domingo, 5 de octubre de 2008

Devolución de las especies
Ya sabe, si no queda satisfecho y ese rollo… (I)



Ahora posiblemente no, pero hace unos meses lo pasaba fatal cuando alguna de mis amigas -que son muchas, por cierto- sugería ir de compras con la excusa de mirar el regalo perfecto para algún cumpleaños o santo, ir de compras con motivo de las rebajas o simplemente porque se les antojaba, porque sí… Y claro, ¿qué puedes hacer? No puedes negarte… Porque es lo que digo yo… ¿Acaso necesitan excusas las mujeres para ir de compras?

Lo peor es que contaran con mi apoyo y mi refinado gusto por la moda para hacer al final de hombre perchero. Eso sin contar con la maratón que me daba recorriendo los pasillos sorteando toda clase de obstáculos intentando alcanzarlas. Recuerdo una vez, en la sección de ropa interior femenina, con las prisas, topé con un maniquí que permanecía en un pequeño pedestal y le arranqué de cuajo una mano. Qué vergüenza pasé. Y menos mal que el resto de la figura permaneció inmóvil, porque en el caso de habérseme caído encima, quizás los empleados me hubieran denunciado por hacer el amor en un sitio público, y en consecuencia, por exhibicionismo, escándalo público y torpeza en general.

El momento de mayor alerta era cuando pasábamos minutos (para mí, horas y horas) analizando dos blusas idénticas aunque de distinto color.

-¿Qué te parece, el azul marino o el negro?- me preguntaba ella en un momento de crisis consumista.
-A mí me parece que cualquiera te iría bien...
-Tú sí que sabes. ¿No ves que el azul marino no pega con nada?
-Pues coge el negro.- afirmando con lógica aplastante.
-Ya, lo que el negro parece tan soso…

Se trataba de un momento crítico, no por mi salud mental, sino porque presentía que algo iba mal. Tenía la sensación que una cosa se movía detrás de los soportes móviles que cuelgan las prendas mientras nosotros permanecíamos anclados en el mismo lugar. Y aunque mi intención era salir corriendo de allí dejando las bolsas en el suelo, no hubiera podido. Mis piernas aflojaban a mi voluntad y me imaginaba lo bonito que le quedaría a ella la blusa si yo, en un acto de cobardía, le regalara finalmente las dos… Esto… Bueno, tampoco era cuestión de hacer ninguna locura económica a la tarjeta de crédito. Quizás mejor era afrontar la realidad y aparentar que todo iba normal. Intentaba seguir el hilo de la música de fondo moviendo el pie, pero hasta eso me parecía terrorífico. En mi infancia ya lo pasaba mal con Drácula, pero esta inquietud me sacaba aún más quicio y me ponía muy nervioso… Instaba a mi amiga en decirle, dulcemente:

-Guapísima, ninguna de las dos te favorece. Tú eres una flor que necesita vestirse con pétalos más bonitos.

Sin embargo, era demasiado tarde. Las prendas más cercanas a mí comenzaban a moverse solas. Era el fin. Ya no había posibilidad de escapatoria. La cosa que las revoloteaba estaba ahí mismo, a mi espalda, y mi infancia, inevitablemente, pasaba delante de mí, incluido el propio Drácula con la blusa azul marino puesta. De pronto, noto una mano en mi hombro, y escucho…

-¿Les puedo ayudar en algo?

Se acabó el buen rollo. Y el momento romanticón se iba al traste. Reconozco que éramos una presa fácil. A partir de ahí, se iniciaba una conversación interminable entre la dependienta y mi amiga sobre tallas, marcas, colores y un sinfín de términos que apenas lograba captar. Y yo ahí, paralizado, sin poder aportar nada, siguiendo el compás del hilo musical con un suave movimiento de arriba abajo del pie…

(continuará…)