jueves, 16 de octubre de 2008

Enganchado a una legaña (I)

(I)
Aquí se inicia un gran relato…

"¡Señoras y señores, niños y niñas! Ahora voy a presentarles el número estelar de esta noche… ¡Den un fuerte aplauso, por favor, al hombre…!"

Qué tiempos aquéllos… Y luego salía yo, ante una multitud enloquecida, ataviado con un traje más bien ridículo –aunque, sin lugar a dudas, cómodo-, saludando risueñamente al mismo tiempo en todas direcciones. Era siempre igual: las fans más dispuestas me tiraban tangas de todos los colores (sin lavar, por supuesto); los niñ@s, al verme, se quedaban patidifusos, y sus padres, no sabían si reír o negociar quién de los dos se quedaba con su hij@ mientras el otro se encargaba de llamar la atención al chico de las palomitas.

Fueron momentos gloriosos. Mi época dorada. Recuerdo que ya fuera del circo, incluso, las fans se peleaban entre ellas por conseguir un autógrafo mío… Bueno, no exactamente. En realidad, sé muy bien que yo no era el auténtico centro de atención. Era Pita, mi legaña.

Verán. Un día, el despertador, con su desgarrada música, volvió a despertarme en lunes. Me daba la sensación que su atroz gruñido era fruto de mis no muy buenas proyecciones hacia él, sobre todo cuando, cada domingo por la noche, volvía a activarlo, en contra de mi voluntad. Aquel lunes, además, no sólo repiqueteó con todas sus fuerzas, sino que lo hizo dos horas más temprano de lo habitual.

Sin darme cuenta de la situación, apenas me levanté de la cama cuando sentí un peso enorme en mi cuerpo para que volviera a ella. Aunque era profundamente tentador, me calcé y, dando tumbos, me dirigí hacia el cuarto de baño, sin poder ver ni sentir a nadie con sus buenos días mientras tropezaba con todo. Y no sin dolor, llegué al fin… ¡Demasiada luz, caray!

Cuál fue mi sorpresa que, frente al espejo, entre destellos y una fuerza extraña que me frenaba al intentar levantar los párpados, que vi lo que vi: una inmensa legaña de un metro de ancho colgando de mi ojo izquierdo y que enlazaba con el derecho. ¡Vaya! Ahí entendí que mi novia, en lugar de desearme buenos días, tratara de exclamar “¡Ay, Dios de mi vida!” Lo espectacular era que, por mucho que me lavara la cara, no conseguía quitármela de encima. Así que, con filosofía, ya que no me molestaba en exceso, decidí adoptarla. Sí, como leen. La bauticé, en el lavabo, como se merece, con todos los honores, cual la legaña Pita.

Los golpes que recibía la puerta para que abriera cesaron cuando decidí presentar a mi nueva amiga. Con mucho cuidado, la abrí, y en ese momento, pude ver una sombra que caía precipitadamente hacia el suelo, e instantes después, escuché un golpe. Fue Andrea, mi chica, que cayó desplomada.

Con rapidez, cogí las llaves del coche y, agarrándola en brazos, la introduje dentro del vehículo para llevarla al hospital. Menos mal que me serví, antes de partir, de una buena dosis de cloridio para llegar sanos y salvos. Mis ojos iban borrachos, pero dio resultado. Una vez allí, al vernos entrar, a ella la dejaron sentada en la sala de espera y a mí me tumbaron en una camilla camino del quirófano, no sé si debido a una falta de información o a un mero y feliz desconcierto. El caso es que no me dieron la posibilidad de hablar, y antes de que quisiera darme cuenta, ya habían puesto una máscara encima de Pita, volviéndonos a dormir in situ. No me opuse, la verdad es que me había levantado dos horas antes y tenía tiempo de sobra para llegar a mi trabajo. Además, seguía teniendo tanto sueño…