sábado, 3 de enero de 2009

En la vida todo acontece



Un día, sin más, somos testigos de todo lo que pasa a nuestro alrededor. A veces resulta frustrante, y otras veces aparatosamente frustrante, aunque queda espacio para la esperanza. Es como si lo que anhelábamos desde hace tiempo estuviera al alcance de nuestra mano en un ordinario puesto del mercado dedicado a la venta de utopías. Todo el mundo puede comprarlas, pero no hay el por qué de hacerlo, se tratan de cosas aparentemente comunes que volverán a estar ahí al día siguiente y debido a ello le restamos la menor importancia. Preferimos escoger aquéllas cosas que ya conocemos, y las que son, al fin y al cabo, las más demandadas. Por eso reciben el nombre de utopías, por ser la fruta del deseo imposiblemente visible.

Y es que lo que distingue un sueño de otro es su utopía, el deseo de que se haga realidad o no, y en qué medida esto nos influye, porque aunque sólo se trate de un propósito, por muy descabellado que parezca, puede estar pasándole a la persona equivocada, a esa persona que según tú no lo merece, y sin embargo, está recibiendo todos los caprichos y mimos de su destino.

Pero lo cierto es que queda espacio para la esperanza. De la misma forma que no se puede conducir un coche solamente mirando el retrovisor, hay que mirar siempre hacia delante, y permitirse una pausa, una respiración profunda entre los deseos y las obsesiones, porque sólo hay una forma para que la segunda no se transforme en utopía, y es dejar que acontezca la vida mientras sientes que la tienes en el justo momento en el que has llenado tus pulmones. Sólo así, sin dejar de soñar, estaremos dándonos, inconscientemente, una nueva oportunidad.