domingo, 25 de enero de 2009

39º


Esto de ponerse uno enfermo es una lata, o dos. La naturaleza podría haber previsto que a nadie le gusta estar en cama con una calentura fuera de lo normal. Bueno, visto así, también depende de qué tipo de calentura se trate, y con quién se trate. Pero aquí me refiero a estar en estado febril, postrado en cama y con la sensación de que toda tu vida pasa por delante de tus legañas, que se empiezan a acumular y resecar sobre manera sobre una tez amarillenta.

La naturaleza, como digo, podría haber solucionado esto si en lugar de pequeñísimos microorganismos puñeteros que se pueden colar por todos los agujeros de tu cuerpo (TODOS, repito), los hubiera diseñado de tal manera que tuvieran el mismo tamaño de Falete, para evitar pérdidas de tiempo y colapsar innecesariamente la Seguridad Social. Así, cada vez que viéramos a alguno en el horizonte, sólo tendríamos que desaparecer de ahí, y evitarnos el mal y desagradable trago de que intentara colarse en nuestro cuerpo para infectarnos. Vamos, enfermedades como la gripe se erradicarían en un plis plas.

Aunque a lo hecho pecho. Hace semanas debí tragarme una legión de virus de esos griposos y desde entonces no doy pie con bola. Todos los días he tenido fiebre, como cuando se mide un terremoto y luego se constatan todas sus réplicas. Y eso provocado por seres diminutos, así que no me quiero ni imaginar cómo me encontraría si tuvieran el tamaño de ese gran cantante folclórico… ¡Ay, madre mía!

Todas mis vértebras se cohíben cuando una tos seca y desgarrada sale de mí, y una constante emanación de blandiblú que hace que mi voz sea más parecida a un Blas en Barrio Sésamo que a la mía propia. Y eso sin contar con los sentimientos, las emociones, los lloriqueos que surgen sin más, quizás provocados por el dolor o quizás por la propia desesperación de recuperarme lo antes posible.

Lo que está claro que cuando está enfermo, está uno más sensible. O sea, estamos condenados a sentirlo todo con más intensidad, a veces, incluso, hasta el delirio. Un ejemplo de ello es que el sábado pasado me encontraba en frente de la tele (para hacer algo distinto que intentar dormir), con una manta recubriéndome casi todo mi cuerpo y con mis paquetes de pañuelos de supervivencia cerca de mí, cuando de pronto, en una pausa publicitaria, salió Concha Velasco sugiriendo a la audiencia que tenía pérdidas de orina. Qué fuerte me pareció aquello. ¡Vaya hartón de llorar me di! ¿Qué fue de la chica yeyé? Todavía no lo he superado. Para nada son noticias que ayuden a recuperarte. Es como si me dijeran ahora que el Ratoncito Pérez no existe… Vamos, imposible. Aquello sí fue Fiebre del Sábado Noche y que le quiten lo bailado a John Travolta.

Aquí me hallo, termómetro en sobaco, la bata puesta y toneladas y toneladas de productos radiactivos que expulsa sin parar mi frágil nariz. Si me pincharan ahora sería peor que el accidente de Chernóbil. O peor aún: La Terremoto de Alcorcón intentando cantar “Resistiré” del Dúo Dinámico. Sí, ya sé que lo ha hecho… Por eso, hablo con conocimiento de causa.

Seguiré en brazos de la fiebre, como cantan Héroes del Silencio, a merced de ella, hasta que se canse de mí y me deje hacer las cosas que he dejado aparte por su fatídica presencia. De momento, retiro el termómetro de mi axila y… ¡no hay suerte! Vuelven a ser los 39º que me asediaron esta mañana.