lunes, 6 de abril de 2009

Las cosas que he decidido poner en mi pequeña maleta

Hace ya cosa de tres años decidí irme conmigo mismo, casi tirándome de las orejas, a Roma. Fue uno de esos viajes espirituales en los que te das a conocer y realmente te das cuenta que, viajando solo, es cuando más gente conoces. El destino fue la capital italiana porque mi deseo era visitar el centro del Imperio Romano, cuya historia me fascina y me sigue cautivando desde pequeño. Esa es mi auténtica religión. Cumplir los deseos uno a uno, y visitarlos a su justo tiempo, cuando toque hacerlo.

Para mí fue muy importante visitar el templo derruido donde reposan las cenizas del gran Julio César, mi personaje favorito (y sin tapujos) de la historia. Y supongo que una maleta pequeña era suficiente entonces para meter tan gran aventura.

El año pasado, sin embargo, volví a utilizarla para un proyecto aún más encantador: visitar a mi amiga Sonia al país donde ella reside, Alemania, puesto que había llegado el momento en que su boludo argentino le diera el “Sí, quiero” ante la presencia de varios amigos, familiares y en fin, personas que sintieron de aquella celebración algo realmente bello, y lo que era más real: sólo necesité dos días de amor en mi pequeña maleta para que ella pudiera verme allí, a miles de kilómetros de mi hogar, aquel día. Me llevé lo justo: el traje de boda, la cámara de fotos y cuatro tonterías más. Pero lo más importante fue que esa maleta, trajo más cosas de las que se llevó, y no hablo de ganancias materiales. El caso es que su marido me cogió más cariño del debido y le dio una pena enorme que ya tuviera que regresar a Barcelona. Supongo que si está leyendo esto, se estará riendo ahora mismo.

Al despegar de Múnich de vuelta a casa, todo el afecto que sentí por parte de ella y su esposo así tanto de sus amigos más queridos, que tan amablemente nos ofrecieron alojamiento en su propia casa sin conocernos de nada, fueron parte de mi cinturón de seguridad. Me consolaba mirar por la ventanilla de vez en cuando para convencerme que no se trataba al fin y al cabo de volar sobre las nubes, sino estar en ellas. Siempre guardaré aquellos días en mi corazón.

A los pocos meses de aquella boda, nació Unai, un niño preciosísimo el cual apadrino. ¿Y sabéis? Me muero por conocerle. Así que no se hable más. El próximo jueves día 9 de abril, mi pequeña maleta volverá a llevar, entre otras cosas, mi gran ilusión, mi deseo de abrazar a una gran amiga que quizás no lo esté pasándolo muy bien últimamente y de darle una alegría enorme, cómo no, a su boludo marido.

Quizás no pueda conseguir hacer un Tetris perfecto con todo lo que esta vez tengo que colocar. El regalo para Unai es grande y apenas me queda sitio para nada más. Luego, el kit de supervivencia estética: colonia, desodorante, crema para el cutis…, los pantalones, las camisas, el calzado, la ropa interior (que es muy colorista, por cierto)… Haré lo que pueda para cerrarla. Si acaso la precintaré, o… no sé, le pondré grapas de oficina para que no se abra…

Sin embargo, una de las cosas más importantes que llevaré no estará dentro de mi pequeña maleta. Tampoco será mi presencia, ni mucho menos las toallitas refrescantes que acostumbran a darte en el avión, mal pensados. Esa cosa a la cual hago referencia la estoy escribiendo ahora, en este justo momento, y es el encontrarme de nuevo nervioso por volverles a ver, a todos ellos, y poderles abrazar y besar tan fuertemente como si los hubiera visto ayer mismo.

Esto, por mucha capacidad que dispongas, amiga mía, no cabe en ninguna maleta.

Muy pronto: La boda de mi mejor amiga (no te lo pierdas!!!)