lunes, 6 de junio de 2011

Las estrellas no saben pedirte que rías por ellas

El año 2005, con o sin rima, no solamente fue uno de los años más calurosos registrados hasta la fecha, también fue el año en el que decidí dejar mis historias a un lado y hacer algo con mi vida que me permitiera, al menos, descansar de los continuos ataques de autoestima que constantemente acechaban mi carácter. Era asfixiante, en cierto modo, vivir con tantos prejuicios, tantos miedos y cavilaciones; estaba fuera de lo normal preferir estar serio a intentar esbozar una sonrisa. Deprimente. Incluso delirante. No había ninguna actitud positiva a ello. El mundo se había conjurado para hacerme la vida imposible y como contrapartida, yo cargaba mi mal humor en el mundo, en la gente que tenía más cerca, en mis amigos, en mi familia, hasta que la situación se hacía insostenible en numerosas ocasiones. Resumiendo: si por aquel entonces se hubiera patentado un amargurímetro (aparato para medir la amargura de un individuo), seguro que hubiera registrado uno de los niveles más altos.

Por ello, me receté a mí mismo cambiar, hacer algo, porque no hay que negar que algo de inteligencia tenía, pese a todo. El caso era saber cómo hacerlo. Proponerse a sí mismo dar un giro a su vida suena muy bonito, pero es peor que seguir una dieta continua para concluir con éxito la 'operación bikini'. Dar una vuelta de tuerca a tu vida suponía enfrentarse a uno mismo, a dejar el estado de comodidad dentro de lo malo y ser conscientes de la verdadera situación en la que me encontraba. Y bien hay que saber, niños y niñas, señores y señoras, que ahí estaba realmente lo desconcertante del asunto. Es como ir a un centro comercial nuevo y tratar de buscar las escaleras automáticas para subir a la planta de ropa y encontrar luego las de bajada. Lo dicho: desconcertante.

Me pasaba las noches mirando las estrellas, las observaba, y cada vez me daba más cuenta que para ellas todos éramos puntitos minúsculos que iban de aquí para allá y que a veces nos convertíamos, a capricho, en pequeñas manchas formada por miles de puntos al reunirnos en conciertos, manifestaciones o simplemente siguiendo una rua de carnaval disfrazados de Bob Esponja. A ojos de las estrellas, todos éramos simpáticos puntitos infinitesimales que se movían frenéticamente, cada uno con vida propia, como furbys torpes que a miles de años luz de distancia les hacía reír. Esto, no obstante, fue revelador para mí. Y lo fue porque me provocó una ligera sonrisa. Estaba bromeando con mi propia existencia y por si fuera poco, estaba disfrutando con ello.

A los pocos días, un amigo me comentó que se hacía un taller de Risoterapia en un centro cívico cercano. Lo vi como una posibilidad vergonzosa, ya que alguien tan risueño como yo había perdido sin duda la sonrisa y la confianza, pero me imaginé que mi vida tendría más sentido al encontrarme con otros puntos minúsculos quizás similares a mí. 'Será un puntazo', me dije. Y claro, volví a sonreír.

Eso ya nos convertía en la formación de otra pequeña manchita llena de puntitos en su mayoría melancólicos que, paradójicamente, iba a hacer reír hasta la estrella más lejana...