miércoles, 27 de junio de 2012

¡Maldito tic!

En estas semanas, me he dado cuenta de algo que el tiempo ha ido haciendo evidente: Don Juan Tenorio a mi lado era un simple aficionado. Es decir: hay que reconocer, por muy duro que me resulte, que carezco de prosa poética, de perilla y en fin, de ese aspecto metrosexual que le hizo merecedor de ser un gran conquistador en su época. Vamos, lo que se dice un gigoló chapado a la antigua. Sin embargo, tengo algo infalible como recurso para conquistar a cualquier mujer, y no estoy hablando de sobornos o chantajes... Por lo menos, hoy no. Se trata de algo muy sencillo: hablo del persistente tic que un buen día decidió asentarse en mi párpado izquierdo.

Confieso que al principio me molestaba. Era horroroso sentir ese movimiento involuntario cuando te sentías más nervioso de lo normal. Ya sabéis, la crisis, la prima de riesgo por la nubes, no encontrar dos calcetines iguales... En fin, ese tipo de cosas que nos afectan a todos de una manera u otra.

Mi cerebro, por su parte, optó un buen día por descargar tensión a través de un pequeño terremoto en la misma área focal donde puedes verlo todo, incluso cuando nadie se haya dado cuenta de ello. Algo más que frustrante. Tenía la sensación de tener el ojo caído, desmoronado, deprimido, como el simpático personaje de la película Los Goonies, Sloth, que por simpático quiero aclarar que de feo era un rato, aunque espero no sea mi caso porque si no la fastidiamos. Bueno, al menos él era rubio. No podría hacer un anuncio de Vitaldent, pero parece que decir que alguien es rubio se libra de ser criticado. Es curioso.

A medida que pasaba los días, mi tic en el ojo fue haciéndose más popular entre mis amigos. Yo le decía:

- Va venga, saluda a mis amigos, tontín...

Y el espasmo, ni corto ni perezoso, se reproducía una y otra vez a cada uno de mis amigos. Yo sólo me limitaba a girar la cabeza para apuntar bien y sonreír, que eso siempre se me da de fábula.

Estaba tan bien aceptado dentro de la sociedad que un día (como yo llamo: el día clave), ocurrió lo que jamás hubiera pensado que ocurriría. Veréis: conocí a una chica. Una chica majísima, intelectual, de ojos y cabello castaños, de esas que te ponen muy nervioso porque piensas que son inalcanzables para ti. Vaya si son inalcanzables, ya que suelo caminar muy despacio.

Pero esta vez, sólo esta vez, tenía un arma altamente eficaz: mi tic en el ojo. Para cualquier otro, esto hubiera sido un enorme inconveniente, un engorro, una santísima puta... Da la mismo. Ya me entendéis.

Os explico: en cada relación hay una comunicación visual que, según por el uso, se hace más intensa o más débil. Es decir: es normal que en los matrimonios longevos se desgaste esa comunicación, simplemente porque están hartos de echarse miraditas asesinas cada vez que alguno de los dos cambia de canal sin previo aviso o es más: cuando llega el momento de pasar del amor al odio y de ahí, a la existencia rutinaria.

Una relación incipiente como la de aquella chica y yo gozaba de una buena salud visual. Las típicas miradas de 'te entiendo' o para algunos 'me he fijado en sus pechos, me gustan, pero voy a disimular mirándote a los ojos', tienen un impacto directo e incondicional en la otra persona, lo que lleva a muchas mujeres taparse instantáneamente después el escote.

En mi caso, me encontré delante de ella, mirándole a los ojos y no más abajo, como si con eso le estuviera besando los labios. Hasta que empecé a sentirme nervioso. Siento tal pavor en las despedidas que casi siempre me sale la vena disléxica y suelto una barbaridad, similar a los que dicen que van a buscar tabaco y luego ya no regresan a casa.

Pese a todo, y para mi sorpresa, el tic no apareció. Hubiera deseado quedarme ciego, sin brazos y con un gran sistema reproductor entre las piernas si hubiese aparecido, pero me dejó más colgado que una percha. Un plantón muy oportuno, diría, para evitar que ella me tomara como un psicópata redomado en plena jornada parcial nocturna.

Lo más impactante de todo es que la vi a ella guiñarme repetidamente el párpado de tal manera que me hizo dudar en si era lo bastante corto como para no haber cogido a la primera tal proposición indecente. Pero una de dos: o ciertamente yo era corto (lo cual afectó brevemente mi autoestima), o... ¡Ella tenía un tic!

Y a partir de ahí, todo fue mucho más sencillo. De observarla, recuperé mi tic y los dos bromeamos sobre ello, aunque me confesó que las primeras 20 veces que guiñó el ojo era para hacerme proposiciones indecentes, y luego, del esfuerzo, supongo que ya no pudo parar.

Desde ese momento, descubrí que los tics podían contagiarse, al igual que los bostezos, el rascarse la piel cuando otro lo hace o la crisis en la comunidad europea. Pero una cosa tengo clara: gracias a ello, gracias a la acumulación de nervios, provocados seguramente por una patología mortal evidente, pudimos los dos encontrar en el otro, la paz.