domingo, 17 de noviembre de 2013

Un fantasma en la agenda telefónica


Encontrar personas que te decepcionan no es difícil. Se toman la molestia de hacerte creer algo que el tiempo, finalmente, derrumba como un castillo de naipes. Y todas las ilusiones depositadas en esa persona se esfuman, se disipan y se desintegran volátilmente hacia el universo de una emoción que está a años luz de lo que, en un principio, sentías por ellas.

Es entonces cuando decides quitarte por tiempo indefinido tu nariz de payaso, el aire que ensancha y contrae tus pulmones día a día, tu sustento vitamínico de la alegría. Incluso, decides eliminar de tu diccionario personal la palabra sonrisa.

Todo porque esa persona, como tantas otras antes que ella, te ha decepcionado. Conscientemente o no, pero lo ha hecho. Y quizás ese momento trágico se solucionaría con una simple llamada telefónica. Descolgar y que te pidieran perdón por lo que te han hecho. Por lo que te han hecho sentir, mejor dicho.

El teléfono está ahí, encima de la mesa. Como era de esperar, sigue en silencio. Exactamente igual que estos días atrás. Ni tan siquiera tiene ánimos para autoiluminarse.

La agenda telefónica solía albergar un fantasma. Ahora, si algún día decide regresar, ya no tendré miedo de apartarle de mi vida.